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1 de Abril de 2003
Neuropsicología

Neurotransmisores y centros del placer

La investigación reciente en torno al placer y el enamoramiento saca a la luz estrechas semejanzas entre el apetito sexual y otras formas de deseo.

ISTOCK / CARTON_KING

En síntesis

Estructuras cerebrales y neurotransmisores concretos (como la dopamina) participan en la experiencia del amor y del placer. El estudio se basa, sobre todo, en la experimentación con animales.

La conducta y orientación sexuales no dependen únicamente de las hormonas; también intervienen en ello factores genéticos, la propia experiencia y el entorno social.

Según se ha visto en humanos, diversas áreas del cerebro frontal participan en la sensación de amor y placer. Con todo, resulta complejo establecer un centro cerebral para tales sensaciones.

El amor, que nos coloca al borde de la desesperación o nos traspone a un estado de embelesamiento, constituye una fuente clásica inagotable de inspiración para artistas y poetas. Pero no debemos olvidar que se halla, también, en el origen de muchas contiendas. Por amor se produjo el rapto de Helena, que desencadenó la guerra de Troya. Aquí nos ceñiremos a un enfoque puramente biológico, suficiente para desvelar numerosos misterios que rodean a este fenómeno. Mas no todo es así de simple. Al abordar los orígenes del amor, los misterios se multiplican. ¿Por qué deseamos a una persona determinada? ¿Qué función cumple la sensación de placer? ¿Podría sustituirse una hora de intimidad con el ser amado por una sinfonía de Brahms o por una caja de bombones?

Conviene distinguir, de entrada, varios tipos de placer. No es lo mismo el placer que acompaña al deseo (placer por conseguir algo) que el del deseo satisfecho (placer en el disfrute de algo). Se trata de la consabida distinción entre apetito y posesión del bien apetecido. Además, el placer y el amor no constituyen fines absolutos en sí mismos, sino que se ordenan a un cometido biológico. En contra de una opinión extendida, el apetito sexual no evolucionó para satisfacer el disfrute personal, sino para impulsar la reproducción; lo mismo que las ganas de comer chocolate, subordinadas en su origen a una función nutritiva. En la misma línea de argumentación, otras sensaciones de más amplio alcance que acostumbran agruparse bajo el epígrafe de «amor» reflejan un trasfondo biológico, puesto que contribuyen al establecimiento y mantenimiento de un vínculo entre dos personas. En estos procesos participan neurotransmisores y estructuras cerebrales concretas. El placer y el amor se construyen fundamentalmente en el cerebro y orientan nuestro comportamiento hacia un objetivo prefijado.

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