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Actualidad científica

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  • Enero/Abril 2019Nº 22

Sentidos

El cerebro y la música contemporánea

Si la música contemporánea nos desconcierta, es porque nuestro cerebro no está habituado. La audición reiterada podría lograr que nos resultase familiar la forma en que ha sido construida.

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Para la mayoría de nosotros, la música constituye un magnífico entretenimiento que ameniza nuestras actividades cotidianas y nuestras relaciones sociales. Mas ¿se reduce solo a eso? Da la impresión de que en nuestra época se hayan olvidado las virtudes que la música posee para la movilización del intelecto, para reconocer solo sus aspectos hedonísticos. Pero ya en la Antigüedad, los griegos concedían a la música un elevado valor formativo. La música era parte del ideal educativo del hombre libre. Esta relación entre música e intelecto se ha perseguido de una u otra forma durante toda la historia de la cultura occidental. ¿Nos permitirá hoy la eclosión de las neurociencias esclarecer más estas relaciones entre la música y la formación del carácter y la agudeza mental?

Se ha comprobado que la música modifica la organización cerebral de quienes la escuchan o la practican con intensidad, y que esta modificación entraña efectos positivos para la adquisición de no pocas aptitudes cognitivas de carácter fundamental. Aun así, ¿tendrán todas las músicas igual poder estimulante sobre las actividades intelectuales? No se trata, evidentemente, de entrar aquí en un debate normativo que discrimine entre la «buena» música y la música «mala»: se trata de comprender las relaciones entre la música y la competencia cognitiva, entre la música y el cerebro.

El caso de la música contemporánea parece revestir especial interés. Dicha música nos resulta tan desconcertante, dados nuestros hábitos de escucha, que se ha dicho de ella que desborda del entendimiento humano. Tomando a la inversa el sentido común, le lanza al cerebro un desafío, un reto que algunos dudan que pueda llegar nunca a dejar de serlo. ¿Cabe imaginar que dentro de algunos decenios Boulez o Stockhausen se escucharán con la facilidad con la que ahora oímos a Mozart o Albéniz? De ser tal el caso, ¿qué podría ocurrirle a nuestro cerebro que explicara un cambio tal? Eso es lo que vamos a examinar.

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