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Actualidad científica

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  • Enero/Abril 2019Nº 22

Historia

La melodía de las circunvoluciones

A lo largo de la historia, los científicos han intentado descifrar el enigma eterno: la clave del talento. El cerebro de los pianistas podría albergar la respuesta.

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Planteamos la eterna pregunta: ¿cómo se explica la existencia de personas sumamente inteligentes y de enorme talento? Hace tres siglos, los frenólogos pensaban que las proporciones y abultamientos del cráneo podían distinguir a genios de criminales. Al examinar una sociedad psicológica alemana la cabeza de Charles Darwin, uno de sus miembros declaró que presentaba la «protuberancia de la veneración» tan desarrollada como para valerle a diez sacerdotes. En la Europa y Norteamérica del siglo xix, varios académicos distinguidos, entre ellos Gauss, Broca, Gall, Pavlov, Osler y otros, legaron su cerebro para el estudio anatómico; algunos con la probable esperanza de dejar la confirmación póstuma de su genialidad.

Al inicio, los anatomistas comparaban el peso bruto y el volumen del cerebro en su conjunto, mientras que con los lóbulos y las circunvoluciones superficiales hacían lo que buenamente podían. Con la llegada de la anatomía microscópica consiguieron investigar diferencias histológicas, mas en 1928 los investigadores llegaron a la conclusión de que los primeros estudios no proporcionaban «una base a partir de la que [se pudieran] inferir capacidades mentales». Sin embargo, neurofisiólogos de la época empezaban a identificar regiones específicas del encéfalo responsables de la función motriz general y la actividad sensorial. En los últimos decenios, los neurohistólogos han desarrollado la citoarquitectura, clasificación que les permite contar neuronas y células de apoyo (oligodendrocitos, astrocitos y células gliales) en distintas áreas cerebrales.

Durante el decenio pasado, las imágenes cerebrales obtenidas por tomografía de emisión de positrones (TEP) y por resonancia magnética funcional (RMf) han permitido localizar, de forma no invasiva, funciones y respuestas diversas. Pero incluso provistos con tales herramientas, el enigma persiste: ¿dónde se origina el talento?

Órganos cerebrales sin igual

Albert Einstein, quien falleciera en 1955 en Princeton a los 76 años, es el genio moderno más venerado. Sin embargo, su cerebro tuvo un destino tortuoso: durante varios años permaneció en un frasco con formaldehído guardado en un armario de Kansas; de ahí fue trasladado a Berkeley, y en la actualidad se conserva en Hamilton. En la Universidad McMaster de dicha localidad estadounidense, el cerebro de Einstein se comparó con los encéfalos de un grupo de varones de edades similares. El órgano cerebral del físico figuraba dentro de los límites normales, excepto en los lóbulos parietales (región responsable de la cognición visuoespacial y del pensamiento matemático, que eran un centímetro más anchos —un 15 por ciento— que los del grupo de control. Según la neurocientífica Sandra F. Witelson, con los conocimientos de esa época sobre el desarrollo del cerebro, es probable que ya se distinguiera la forma singular del encéfalo del científico.

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