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Actualidad científica

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  • Enero/Abril 2019Nº 22

Creatividad

Locos geniales

De Munch, Tolstói, Picasso y otros muchos artistas se dice que no se encontraban en sus cabales. Abundan hoy las pruebas científicas de que la creatividad y la enfermedad mental mantienen relaciones de cercanía.

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«Muchas personas me tienen por loco», comentó en cierta ocasión Edgar Allan Poe (1809-1849). «Aunque no está todavía claro si la locura no representa quizá la forma más sublime de la inteligencia.» El escritor estadounidense no era el único en sospechar una estrecha vinculación entre genio y enajenación mental. Ya Platón atribuía a una suerte de «locura sacra» el fundamento de toda creatividad.

Una lista casi ilimitada de artistas famosos con alteraciones psíquicas parece confirmar el punto de vista del filósofo griego. A Vincent van Gogh, Paul Gauguin, Lord Byron, León Tolstói, Serguéi Rajmáninov, Piotr Ilich Chaikovski o Robert Schumann les une, además de sus indiscutibles logros artísticos, un dato comprobado: su eminente fuerza creadora iba acompañada de una inestabilidad psíquica, que tenía visos inequívocos de enfermedad.

Labilidades afectivas extremas, manías, ideas fijas, alcohol o drogodependencia sigue caracterizando, también en nuestros días, la vida de muchas mentes creadoras. ¿Se trata de una coincidencia casual, resaltada por el modo de vivir un tanto errático, habitual en medios artísticos y que llama más la atención que unos hábitos normales? ¿O se puede establecer con criterios científicos una conexión entre alteraciones mentales y un extraordinario potencial creativo?

A principios del siglo pasado, la búsqueda de las raíces de la genialidad constituía uno de los temas más tran­sitados de la investigación psicológica. Apenas si se abrigaba la más mínima duda de que determinadas enfermedades mentales conferían alas al poder creativo. «Cuando se juntan una notable inteligencia y un temperamento psicopático, estamos ante las mejores condiciones posibles del tipo de genio eficaz que figura en los libros de historia», opinaba William James (1842-1910). Estos rasgos acompañarían —para bien o para mal— a sus ideas y pensamientos y esto los distinguiría del resto de los mortales.

Sigmund Freud también se interesó por los espíritus creativos. Analizó obras y biografías de escritores y artistas famosos en busca de «algunas verdades psicológicas universales». Como muchos entonces, el padre del psicoanálisis se limitó a bucear en la vida de las personalidades creadoras para descubrir indicios de trastornos mentales. Que esta exploración de indicios no facultara en absoluto para establecer afirmaciones estadísticas, apenas si incomodó a Freud y sus coetáneos.

En los años setenta del siglo pasado, Nancy Andreasen, de la Universidad de Iowa, se aprestó a revisar sistemáticamente la supuesta conexión entre genialidad y enajenación mental. Para su ensayo, reu­nió treinta escritores cuyo talento creativo estaba acreditado en el prestigioso elenco de la universidad.

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