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Cajal y el saber científico

La mente de Santiago Ramón y Cajal no era solo de investigador, sino también de sabio. La capacidad de asombro, la interrogación constante y la disposición de cambiar de opinión si la realidad lo exige ­caracterizan el conocimiento cajaliano.

Autorretrato ante el microscopio, hacia 1920. [Museo Cajal, Madrid]

En síntesis

El tránsito del asombro a la interrogación fue en Santiago Ramón y Cajal una experiencia intelectual constante.

Veía en la hipótesis de trabajo «una interrogación interpretativa de la naturaleza» con dos dimensiones: intelectiva y operativa.

La lectura atenta de la obra de Cajal revela seis reglas metódicas para fomentar las hipótesis y, así, el saber científico.

Hay sabios que no sienten dentro de sí la comezón de preguntarse por la consistencia y el sentido de las verdades científicas a cuyo descubrimiento han consagrado su vida; con genialidad mayor o menor se limitan a ser chiffonniers de faits, «traperos de hechos», como de sí mismo dijo el fisiólogo Magendie. Hay otros, en cambio, que en un momento u otro de su vida, cuando por la razón que sea dejan el trabajo cotidiano y se quedan solos consigo mismos y con su obra, se sienten íntimamente movidos a preguntarse: más allá de su formulación inmediata, ¿qué verdad y qué realidad tienen los hechos que yo he descubierto? En mi vida personal y en la vida de todos los humanos, ¿qué sentido tienen mis descubrimientos y mi esfuerzo para lograrlos? De este linaje fueron, entre otros, Claudio Bernard, MaxPlanck y Albert Einstein; de él fue también, y por modo eminente, nuestro Cajal.

A lo largo de su fecundísima vida, Santiago Ramón y Cajal fue un incesante descubridor de hechos científicos nuevos. Más que entre todos los restantes neurólogos juntos habría descubierto, según el fehaciente testimonio del sabio italiano Ernesto Lugaro, hechos y leyes, como la que rige la transmisión intraneuronal del impulso nervioso. No pudo tener tiempo para más, se dice uno. Pero la mente de Cajal no era solo de investigador, era también de pensador, de sabio, en el más plenario sentido de esta palabra; y así, cuantas veces la vida le obligó a interrumpir por unos días su trabajo histológico, desde dentro de sí mismo se sintió movido a pensar acerca de su propio saber científico y sobre el saber científico en general. Cinco fueron las más importantes de tales ocasiones: su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias (1895), que más adelante daría lugar al libro Reglas y consejos para la investigación científica; su discurso en el homenaje que le tributó la Universidad de Madrid cuando le fue otorgado el Premio de Moscú (1900); la conferencia con que contribuyó a la celebración nacional del tercer centenario del Quijote (1905); la definitiva composición de Recuerdos de mi vida (1922) y la redacción de El mundo visto a los ochenta años (1932).

Consideremos sinópticamente esos cinco testimonios de su pensamiento y tratemos de reducir a sistema lo que concierne a nuestra reflexión ahora: qué fue el saber científico para nuestro gran sabio. Ello nos obliga a discernir dos cuestiones sucesivas: la adquisición del saber científico por el sabio que lo conquista y la significación de ese saber, tanto para el sabio mismo como para quienes de él lo reciben.

Asombro e interrogación ante la realidad

La iniciación técnica de un trabajo científico (por ejemplo, la aplicación del método de tinción de Golgi al estudio de la textura del cerebelo, uno de los muchos que Cajal emprendió) tiene como inmediato presupuesto el ejercicio de dos actividades de la mente: el asombro y la interrogación. Vieja noción, la fundamental importancia del asombro para el descubrimiento de nuevas verdades. «Principio de la filosofía», le llama Platón. Solo «quien se asombra y duda se halla en el buen camino hacia la sabiduría», dirá Aristóteles. Tesis ambas que hoy deben ampliarse a la adquisición original de todo saber, sea este científico o filosófico.

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