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Comunicación neuronal

El concepto de comunicación neuronal ha marcado una era de investigación científica, habiéndose establecido los mecanismos básicos que rigen la transmisión de la información que maneja el sistema nervioso.

Corte histológico de la médula espinal de un embrión de pollo teñido por el método de Golgi. Se aprecia la extensión de una prolongación axónica que termina en un cono de crecimiento (ampliación). Esta microfotografía está tomada de las preparaciones originales de Ramón y ­Cajal, que se conservan en el Instituto Cajal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. [CORTESÍA DE JUAN DE CARLOS]

En síntesis

Las neuronas suelen ajustarse al principio de polarización dinámica identificado en su día por Santiago Ramón y Cajal. El concepto de sinapsis propuesto por Charles Scott Sherrington, también por entonces, ha marcado una era de estudio en la investigación neurológica.

A mediados del siglo XX, la microscopía electrónica apoyó la teoría neuronal de Cajal. Más adelante, la electrofisiología y la biología molecular han permitido avanzar en el conocimiento de la comunicación de las neuronas.

Uno de los retos de la neurociencia reside en revelar la composición proteica de la sinapsis. Se han identificado unas 700 proteínas relacionadas con la conexión neuronal.

Cualquiera que sea su morfología o la función que desempeñen, las neuronas suelen ajustarse a un modelo general identificado por Santiago Ramón y Cajal, enunciado como el «principio de la polarización dinámica». A su tenor, habría una zona receptora de mensajes, una zona integradora de estos, una zona conductora y, por fin, una zona liberadora o transmisora de la información procesada. En una neurona típica, tales funciones vienen adscritas a las dendritas, al soma neuronal, al axón y al terminal sináptico, respectivamente, que constituyen los principales compartimentos morfofuncionales.

La función primordial de la neurona, concebida en su singularidad, consiste en recibir información y transmitirla una vez haya sido procesada. En palabras de Charles Scott Sherrington, la neurona es la unidad de integración, cuya función recapitula la función del sistema nervioso entero.

El procesamiento de la información sensorial, la programación de los actos motores, las respuestas emocionales, el almacenamiento de la información en forma de memoria y otras funciones del sistema nervioso se deben a la actividad de grupos neuronales específicos e interconectados.

El cerebro humano consta de unos cien mil millones de neuronas, que establecen en torno a 100 billones de conexiones sinápticas. No ha de extrañarnos que el más leve desajuste en la comunicación entre las neuronas provoque el funcionamiento incorrecto de uno o más sistemas, que puede terminar con el fracaso de la función del cerebro, es decir, la percepción cabal del mundo externo y el control de nuestros actos.

Por ello resultan tan devastadoras las patologías cerebrales de cualquier tipo: afectan a la esencia del ser humano, su personalidad, su comportamiento. Según un cálculo realizado por el estadounidense Instituto Nacional de la Salud, el gasto anual que representan los trastornos cerebrales más comunes superan los 33 billones de dólares. Por poner algún ejemplo, la depresión, una enfermedad de origen múltiple y poco comprendida, provoca un gasto de 4-5 billones de dólares anuales. Solamente la enfermedad de Alzheimer acapara 10 billones anuales, por no hablar de otras enfermedades neurodegenerativas o del incalculable impacto social que presentan los trastornos bipolares.

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