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DOMINIO PÚBLICO

Sobre Santiago Ramón y Cajal se ha escrito mucho desde que su obra comenzó a tener transcendencia científica y un progresivo impacto social. Investigador de la estructura histológica del sistema nervioso, sus aportaciones lograron tal nivel de relevancia que, en nuestros días, resulta casi imposible dar un paso hacia delante en la búsqueda de nuevos saberes sobre el sistema nervioso sin tener el otro pie firmemente asentado en alguna contribución suya.

Afirma Pedro Laín Entralgo en su artículo «Cajal y el saber científico» que son dos las actitudes tópicas que suelen darse en nuestra sociedad frente a la realidad de Cajal: el desconocimiento y la beatería. Y añade que, a su juicio, ambas son dos agresiones contra esa realidad. El monográfico que la colección Cuadernos de Mente y Cerebro dedica a Ramón y Cajal constituye, en mi opinión, una excelente oportunidad para que un número amplio de lectores, de campos muy diversos, pueda acceder a un conocimiento sintético y rigurosamente documentado sobre la realidad y la vigencia de la obra cajaliana. Una realidad que, debido a las múltiples facetas de Cajal y a su vasta obra neurohistológica, no resulta nada fácil de abordar en su conjunto.

La relación de artículos seleccionados en el presente número está subdivida en tres grandes apartados: el Cajal científico, sus contemporáneos y sus descubrimientos y legado. Entre los autores destacan historiadores de la medicina y de la ciencia como Pedro Laín Entralgo, José María López Piñero, Helio Carpintero o José Manuel Sánchez Ron, y científicos y divulgadores como Manuel Nieto Sampedro, Juan Lerma, Gertrudis Perea, Alfonso Araque, Marta Navarrete, Klaus Stiefel, Elena Giné Domínguez, Cristina Nombela Otero y Fernando de Castro Soubriet.

A modo de preludio, la presente introducción tiene por objeto establecer el contorno y el dintorno de la obra cajaliana; esto es, la visión global y de conjunto que ofrece su extensa producción científica y el modo personal con el que Cajal aborda su propia investigación. A mi modo de ver, el conocimiento del contorno y el dintorno de su figura puede ayudarnos a una mejor comprensión del porqué de su trayectoria vital y de su presencia y vigencia en la ciencia y la sociedad de nuestros días.

La visión global de las aportaciones de Cajal nos permite distinguir tres grandes etapas en su producción científica: la primera conduce a la teoría de la neurona; la segunda consiste en la identificación y descripción de los distintos circuitos neuronales existentes en los centros nerviosos, y la tercera radica en la identificación y la descripción de patrones de degeneración y regeneración nerviosa.

En la primera etapa, las aportaciones de Cajal logran extender la teoría celular, según la cual la célula es la unidad elemental de los organismos vivos, al sistema nervioso, demostrando la individualidad de la neurona, la existencia y variabilidad de las espinas dendríticas y los tipos de terminaciones axónicas. En la segunda etapa, sus aportaciones logran identificar y establecer los diferentes circuitos neuronales de los centros nerviosos. Mediante lo que Cajal denomina el «principio de la polarización dinámica», otorga, además, a dichos circuitos una orientación funcional, explicando la transmisión nerviosa a través de cadenas de neuronas. En cada una de ellas existiría una zona receptora de mensajes, una de integración y otra de conducción y liberación de los mismos. El fruto de este trabajo ímprobo se recoge en su conocido libro Textura del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, un clásico, a mi entender, a la altura de los Principia matematica de Newton o de El origen de las especies de Darwin; obras todas ellas que abren puertas hacia mundos nuevos por explorar. El libro de Cajal sigue editándose periódicamente desde hace más de cien años y constituye un volumen de referencia imprescindible en cualquier centro de investigación en sistema nervioso.

Finalmente, en la tercera etapa de su investigación, Ramón y Cajal se adentra en los procesos de degeneración y regeneración nerviosa y desarrolla incluso protocolos experimentales muy similares a los que hoy se desarrollan en ingeniería tisular. Además de llevar a cabo esta importante contribución al conocimiento de la neurona, Cajal contribuye, con algunas aportaciones pioneras, al conocimiento de la glía, sobre todo en lo que a su identificación se refiere, y al hecho de postular para ella un papel funcional más activo, distinto al de soporte, asignado hasta entonces a esas células.

La visón global o de contorno de la obra cajaliana hay que completarla analizando su modo de trabajar. Su modelo es la investigación planificada. Sus hallazgos surgen siempre de una exploración sistemática, previamente diseñada. Nada de serendipias. Por otra parte, el proceso investigador de Cajal se sustenta en una continua innovación técnica que precede siempre a sus descubrimientos más importantes. La modificación del método de Golgi y la invención de los métodos del nitrato de plata reducido o del cloruro de oro sublimado son excelentes ejemplos de este modo de proceder. A ello se une, por último, la puesta en práctica de un modelo innovador, el método ontogenético y filogenético, que aplica a toda su obra y que en nuestros días se encuentra plenamente asumido en la investigación biomédica. Se trata de comparar las estructuras complejas del adulto con las más simples de las etapas embrionarias y las evolutivas de otras especies similares.

No puede sorprendernos que con esta serie de aportaciones, todas ellas relevantes, pormenorizadas y pioneras, Cajal sea el autor clásico más citado. Su proyección científica crece con el tiempo, y su figura se incorpora al Olimpo que forman esos grandes seres humanos que han ayudado a la humanidad a desbrozar y a entender con más claridad el mundo en que vivimos. Como Newton y como Darwin en sus respectivas áreas del saber, Cajal abrió con sus aportaciones la puerta del sistema nervioso.

En lo que concierne al conocimien­to de dintorno, son las propias palabras de Cajal y algunos rasgos de su conducta los que más pueden ayudarnos a conocer cómo vivió y sintió su actividad científica e investigadora. A este respecto, Cajal se muestra en sus escritos devoto de lo que él llama la «religión del trabajo»: un trabajo serio y riguroso que busca continuamente la verdad, con comprobaciones y verificaciones constantes fruto, como antes se indicó, de una planificación exhaustiva. Lo que busca es una ciencia basada en hechos definitivos contra los que, en sus propias palabras, «ni el tiempo ni los hombres podrán nada». Cajal muestra igualmente en sus escritos una extraordinaria vocación de servicio. Y a tal efecto escribe: «La ciencia no tiene patria, pero los científicos sí». Su patriotismo es, como señala José Luis González Quirós, un patriotismo de virtud, de compromiso ético con la comunidad de la que forma parte y a la que constantemente invita a progresar y superarse. Se trata de un compromiso ético que lleva, además, al buen uso de los fondos públicos aportados por los contribuyentes. Cuando afirma: «Columbro al través de cada moneda recibida la faz curtida del campesino que sufraga nuestros lujos académicos y científicos», manifiesta la necesidad de aprovechar al máximo los recursos disponibles o, lo que es lo mismo, la necesidad de trabajar con lo que se tiene tratando de alcanzar el máximo rendimiento posible.

La voluntad es, asimismo, principio motor de la obra cajaliana como por contraste refleja en su célebre frase: «No hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados en las cuestiones». Su voluntad de superación humana y profesional tras regresar enfermo de la guerra de Cuba o la persistencia en conseguir que el gran histólogo Kölliker observase sus preparaciones y, por tanto, sus hallazgos, constituyen dos buenos ejemplos de lo arriba indicado. En el curso de su vida, Cajal puso también de relieve un claro ejercicio de solidaridad con los científicos y con la ciencia que practicaban. Su defensa, por ejemplo, en el discurso de recepción del premio Nobel, de la importancia que tiene la labor colectiva en el descubrimiento científico citando como hizo, uno por uno, a todos los colegas que con él habían contribuido al descubrimiento de la teoría de la neurona, resulta reveladora. La acogida que da en España a investigadores judíos perseguidos por el nazismo o la intercesión que hace a favor de histólogos italianos perseguidos por el fascismo es, asimismo, admirable en un hombre de más de setenta años. Y en España, el nombramiento como director del laboratorio de la Residencia de Estudiantes que Cajal facilita a Pío del Río-Hortega tras la salida de este de su laboratorio por la ruptura temporal que se produjo entre ambos, resulta igualmente encomiable.

Como se indicaba al comienzo de esta introducción, la lectura de los artículos seleccionados en la presente monografía va a permitirnos percibir la presencia y la influencia de Cajal en algunas de las áreas más novedosas en las que hoy se debate la investigación del sistema nervioso.

Pero esta presencia no es coyuntural, casual o anecdótica. En el caso de Cajal, su presencia y su vigencia son fruto de una aportación científica cardinal sobre la que pivota el conocimiento que hoy tenemos del sistema nervioso en su conjunto y que, por tanto, incide y afecta al cono­cimiento de todas sus particularidades. Una aportación lograda, además, humana y científicamente, desde unos valores (la búsqueda perseverante de la verdad científica, el compromiso con la sociedad y la solidaridad con la ciencia y los científicos) que pueden seguir iluminando, y para bien, a las nuevas generaciones de científicos.

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