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1 de Mayo de 2014
Neurociencia

El nuevo siglo del cerebro

Las nuevas técnicas de observación y control neural allanan el camino para conocer el modo en que la máquina más compleja del mundo genera nuestros pensamientos y emociones.

BRYAN CHRISTIE

En síntesis

El cerebro, y el modo en el que da lugar al pensamiento consciente, sigue representando uno de los grandes misterios de la ciencia.

Para poder entender mejor este órgano hacen falta nuevos instrumentos que analicen el funcionamiento de los circuitos neurales.

Tal análisis podría abordarse mediante técnicas que registren o controlen la actividad de los circuitos cerebrales.

El Gobierno de EE.UU. ha lanzado una iniciativa a gran escala para promover el desarrollo de estas técnicas.

A pesar de llevar un siglo de intensas investigaciones, los neurocientíficos siguen sin conocer el funcionamiento del cerebro, el órgano de apenas 1,5kilogramos que constituye la base de nuestra actividad consciente. Muchos han intentado abordar el problema estudiando el sistema nervioso de organismos más sencillos. De hecho, han pasado casi treinta años desde que se cartografiaran las conexiones de cada una de las 302neuronas del parásito intestinal Caernohabditis elegans. Sin embargo, el mapa de los circuitos neurales no ayudó a entender cómo se originaban comportamientos tan básicos como la alimentación o la reproducción. Faltaban datos que permitieran relacionar la actividad de las neuronas con conductas específicas.

Establecer una relación entre la biología y el comportamiento humano reviste aún mayor dificultad. Los medios de comunicación informan a menudo sobre estudios que demuestran la activación de ciertas regiones cerebrales cuando nos sentimos rechazados o hablamos una lengua extranjera. Estas noticias pueden darnos la sensación de que la tecnología actual aporta datos fundamentales sobre el funcionamiento del cerebro, pero tal idea resulta engañosa.

Un ejemplo digno de mención de esta discordancia es un estudio ampliamente divulgado que identificó neuronas individuales que se activaban ante la visión del rostro de la actriz Jennifer Aniston [véase «El archivo de la memoria», por R. Quian Quiroga, I. Fried y C. Koch; Investigación y Ciencia, abril de 2013]. Dejando aparte el bombo y el platillo, el descubrimiento constituyó una suerte de señal en medio del desierto, aunque no aportaba indicación alguna sobre el significado de la transmisión. Todavía hoy se ignora el modo en que los pulsos de actividad eléctrica de neuronas aisladas permiten identificar el rostro de Aniston y relacionarlo con la serie de televisión Friends. Para que el cerebro reconozca a la actriz, tal vez deban activarse un gran grupo de células, que se comunicarían entre sí mediante un código neural todavía por descifrar.

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