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Actualidad científica

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  • Mayo/Agosto 2016Nº 14

Neurofarmacología

La depresión refractaria

En los últimos años se han registrado notables avances en el tratamiento farmacológico de la depresión. Se obtienen ya altas tasas de respuesta con mínimos efectos secundarios. Sin embargo, la depresión refractaria o resistente continúa siendo un reto.

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La depresión es una de las enfermedades más «tratables» en la medicina actual. Pese a ello, un alto porcentaje de los pacientes no alcanza la remisión. Abundan quienes solo responden de forma parcial y los que no mejoran ante distintos enfoques de tratamiento.

Los múltiples progresos operados en farmacología desde los años sesenta del siglo pasado no han comportado una mejora en la eficacia de los antidepresivos, pero sí han mejorado el perfil de efectos secundarios y la tolerabilidad. Además, en la práctica clínica, las estrategias más utilizadas para la depresión resistente son las menos validadas por los avances científicos, y viceversa. La terapia electroconvulsiva (TEC) y la potenciación con hormona tiroidea, de amplia base bibliográfica, apenas son empleadas de forma rutinaria en la depresión resistente.

La esperanza se ha cifrado ahora en la farmacogenómica. El actual sistema de tratamiento según ensayo-error, en el que la administración de una estrategia terapéutica se somete a prueba sin saber de antemano el resultado ni la tolerancia en el paciente en cuestión, dejaría paso a la aplicación de fármacos indicados «a medida» de los individuos, vale decir, según sus rasgos genéticos y fisiológicos.

La depresión constituye una de las primeras causas de pérdida de calidad de vida y años trabajados. Las previsiones para 2020 en cuanto a causas de discapacidad universal sitúan a la depresión unipolar solo por detrás de la cardiopatía isquémica. Estas cifras reflejan la importancia de la depresión como un problema de salud que afecta también a la calidad de vida de un individuo y la productividad de un país; en España, es un motivo frecuente de baja laboral.

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