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1 de Enero de 2016
Desarrollo infantil

Cómo adquieren los bebés el lenguaje

Todos los bebés son lingüistas natos, capaces de dominar cualquiera de las 7000 lenguas del mundo como un nativo.

HANNAH WHITAKER

En síntesis

El cerebro del bebé entra en un período «sensible» a los seis meses de edad, el momento en que está mejor dotado para percibir los sonidos de una o dos lenguas y que lo prepara para adquirir la entonación y el ritmo fluido propios del hablante nativo.

La aptitud innata para el lenguaje no permite traspasar más allá de las primeras vocalizaciones como mamá y papá. Aprender la más importante de las habilidades sociales requiere la atenta escucha de incontables horas de charla parental.

Los conocimientos acerca de la adquisición temprana del lenguaje han alcanzado tal complejidad que se comienza a vislumbrar el uso de técnicas de exploración del cerebro para saber si el bebé evoluciona con normalidad.

El niño de corta edad posee un don tan asombroso como efímero: la habilidad de dominar lenguas con desenvoltura. A los seis meses es capaz de aprender los sonidos que conforman las palabras de un idioma y, si escucha el quechua o el tagalo, pongamos por caso, también capta la fonética propia de ellos. A los tres años ya conversa con los padres, los compañeros de juego y los extraños.

Después de cuatro décadas dedicadas al estudio del desarrollo infantil no dejo de asombrarme de cómo el niño pasa en pocos años del balbuceo sin sentido a pronunciar palabras y frases articuladas, facultad compleja esta que surge con más rapidez que ninguna otra en el curso de la vida. Hasta hace pocos años, los neurocientíficos no habían conseguido formarse una idea general de lo que sucede en el cerebro del bebé en ese proceso de aprendizaje que separa los balbuceos del recién nacido de la entrañable locuacidad del niño.

En el momento de nacer, el cerebro del lactante puede percibir el total de 800 sonidos (fonemas) que pueden concatenarse para crear todas las palabras en cualquier lengua del globo. Nuestras investigaciones indican que, en el segundo semestre de vida, en el cerebro del niño se abre una puerta misteriosa. Se inicia un «período sensible», como lo califican los neurocientíficos, en que el órgano está listo para asimilar las primeras lecciones básicas de la magia del lenguaje.

El momento en que el bebé está más predispuesto a aprender los sonidos de la lengua materna comienza a los seis meses con las vocales y a los nueve con las consonantes. Al parecer, el período solo dura unos meses, pero se amplía en los niños que escuchan una segunda lengua, que aún podrán asimilar otro idioma con cierta soltura hasta los siete años.

La aptitud innata para el lenguaje no basta en sí misma para que pase de las primeras vocalizaciones, como «mamá» y «papá». La adquisición de competencia en la más importante de las habilidades sociales se consigue a base de oír horas y horas de charla en el absurdo lenguaje de la madresía. Las inflexiones exageradas «miii bebeé preciosooo» sirven al nada frívolo propósito de impartir las primeras lecciones de prosodia (entonación y ritmo) en la lengua materna del bebé. Nuestro trabajo pone punto y final al viejo debate de si los genes o el entorno prevalecen en el desarrollo inicial del lenguaje: ambos cumplen funciones preeminentes.

El conocimiento acerca del desarrollo inicial del lenguaje ha alcanzado tal refinamiento que está permitiendo a psicólogos y médicos concebir nuevos instrumentos útiles para los niños con problemas de aprendizaje. Los estudios han comenzado a sentar las bases para el uso del registro de las ondas cerebrales como medio para determinar si las aptitudes lingüísticas del niño siguen un curso normal, o si este corre el riesgo de ser autista o sufrir déficit de atención u otros trastornos. Algún día, la visita ordinaria al pediatra podrá incluir el examen cerebral del bebé, junto con las vacunas contra el sarampión, las paperas y la rubeola.

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