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1 de Marzo de 2009
Sentidos

Formación de las preferencias olfatorias

El recién nacido reconoce el olor de su madre y el de los alimentos que ella ha consumido durante el embarazo. El feto y el bebé manifiestan preferencias olfatorias. ¿Están programadas genéticamente? ¿Dependen de los olores del entorno, de la madre o de la leche? Los olores asociados a la infancia quedan grabados en la memoria.

FOTOLIA / FRANÇOIS DU PLESSIS

En síntesis

A partir del nacimiento, se ponen en marcha diversos procesos de adquisición de los olores. El recién nacido detecta y memoriza sobre todo los de la madre.

Los olores, que se asocian pronto a las estimulaciones de los otros sentidos, pasan a constituir elementos importantes del mundo multisensorial del niño.

Con todo, los estímulos olorosos que el niño percibe dentro del útero materno le resultan más atractivos que el olor descubierto después de nacer.

«El olfato no debe ser muy activo en la primera edad, cuando la imaginación, que pocas pasiones ha excitado todavía, no es muy susceptible de emociones y aún no se tiene bastante experiencia para prever con un sentido lo que otro nos promete. [...] Cierto que este sentido es todavía obtuso y se halla casi embotado en la mayoría de los niños. No porque la sensación no sea en ellos tan fina, y quizá más, que en los adultos, sino porque, no teniendo ninguna otra idea, ellos no se ven afectados fácilmente por un sentimiento de placer o pena, y porque ni los halaga ni los atormenta como a nosotros.»

Así contempla Jean-Jacques Rousseau, en su obra Emilio o sobre la educación (1762), las disposiciones del olfato de los infantes. Abandonando en este caso su propensión a la controversia, se apunta a la opinión de su tiempo que desconfiaba y despreciaba el sentido del olfato como algo salvaje, inculto y animal. Esta concepción, vigente hasta los años sesenta y setenta del siglo pasado, ha sido revisada a la luz, por un lado, de las investigaciones en psicología sobre las competencias sensoriales y cognitivas de los bebés, y, por otro, de los conocimientos de la etología sobre la función de los olores en la conducta de los animales y humanos.

Hoy se sabe que el olfato es muy activo en los niños. Las sensaciones quimiosensoriales (es decir, cuando una sustancia química desencadena impresiones olfativas o gustativas) van acompañadas, desde los primeros instantes que siguen al nacimiento, de reacciones afectivas contrastadas. Determinados olores (o sabores) atraen a los recién nacidos, mientras otros les provocan rechazo y repulsión. La primera mención de estas reacciones olfativas precoces se remonta a Galeno (130-200), quien las describió al observar las predilecciones de un cordero que acababa de nacer.

En 1974, Jacob Steiner, de la Universidad de Jerusalén, inició la investigación sistemática del fenómeno en los humanos. Sometió a unos recién nacidos hacía como máximo 12 horas a una paleta variada de estímulos olfativos (plátano, mantequilla, vainilla, gambas y huevo podrido) antes de cualquier otra ingestión posnatal. Los olores placenteros, a juicio de los adultos, desencadenaban reacciones faciales y bucales que reflejaban la satisfacción de los bebés; en cambio, aquellos que los adultos tenían por desagradables lo eran también para los neonatos.

Steiner postula que determinados olores son más aceptables que otros para el cerebro neonatal y propone la existencia de un bucle reflejo de reacción a las estimulaciones quimiosensoriales. Dicho de otro modo, desde los primeros instantes de vida, operan los sistemas de tratamiento afectivo de la información olfatoria y los sistemas de reacción asociados. De esta forma, a los recién nacidos les gusta o no tal o cual olor (o sabor).

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