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  • Enero/Abril 2018Nº 19

Psiquiatría infantil

La huella del alcohol en el feto

Las mujeres embarazadas que consumen bebidas alcohólicas ponen en peligro a su hijo. Las consecuencias no se perciben en el bebé hasta un tiempo después de nacer, por lo que con frecuencia sus alteraciones físicas y psíquicas no se relacionan con la exposición prenatal al alcohol.

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Leo no puede permanecer quieto ni cinco minutos en el restaurante. De repente, agarra los cubiertos y se desplaza braceando como un salvaje por el establecimiento. Su madre le recrimina e intenta detenerlo, pero él hace caso omiso a la riña. El resto de los comensales se irritan: «¿Qué le pasa a ese niño?»; «No tiene vergüenza, ¡es un maleducado!», espeta una mujer mientras mueve la cabeza en señal de desaprobación.

Una vez más, el sentimiento de culpa se apodera de los padres. Leo, de cinco años, es hijo adoptivo. La pareja sabe que la vida del niño no fue fácil desde el principio: un par de días después de nacer lo separaron de su madre biológica para llevarlo a una institución. Medio año más tarde, llegó a su actual hogar. ¿Puede que estas experiencias traumáticas hayan influido en su comportamiento? ¿O los padres deberían ser más estrictos con él?

Numerosas personas que adoptan o acogen a un menor narran experiencias similares, y aunque buscan consejo, presumen la respuesta: es posible que los problemas surjan de la época previa al nacimiento del niño. Según nuestra experiencia en el Centro Ambulatorio de la Clínica de Día de Walstedde, de todos los niños que nacen anualmente en Alemania, alrededor de 6500 sufren las consecuencias del consumo de alcohol durante el embarazo. De estos, unos 2000, lo que equivale a alrededor de 3 de cada 1000 niños nacidos, presentan un síndrome alcohólico fetal (SAF). En Estados Unidos, Francia y España las cifras son similares.

El SAF se manifiesta sobre todo en el aspecto físico del niño, pues los afectados suelen presentar alteraciones faciales típicas y estatura baja. Sin embargo, estos casos inequívocos representan solo la punta del iceberg: el alcohol frena el crecimiento de todos los órganos de los nonatos. Ello afecta sobre todo al cerebro. Por ese motivo, las alteraciones cerebrales asociadas al alcohol resultan más frecuentes que las secuelas externas visibles y pueden derivar más tarde en déficits cognitivos, sociales y emocionales.

Cuando los rasgos corporales resultan poco reconocibles, suele diagnosticarse un SAF parcial o de daños neurológicos del desarrollo tras una exposición prenatal al alcohol. En ese caso se precisa revisar el historial previo al nacimiento. A menudo esa empresa resulta difícil, incluso imposible. ¿Qué madre reconoce abiertamente que consumió alcohol durante el embarazo? Por otra parte, alrededor del 80 por ciento de los niños que se presentan en nuestro centro ambulatorio son adoptados o en acogida, por lo que muchas veces no es posible localizar a la madre biológica; de esta manera, solo podemos conjeturar sobre sus hábitos de consumo de alcohol.

Los resultados de los estudios relativos a las consecuencias de la ingesta moderada de alcohol durante el embarazo resultan contradictorios. Por ese motivo, muchas personas ponen en duda que suponga un riesgo serio. Con todo, se sabe que las mujeres alcohólicas no son las únicas que dan a luz niños con SAF. Los problemas de conducta asociados al síndrome se acumulan incluso en el caso de niños cuyas progenitoras aseguran que solo tomaron una copa a la semana durante el embarazo. En nuestras investigaciones de 2014 constatamos que el consumo moderado de bebidas alcohólicas también suponía un riesgo. Evaluamos los resultados de encuestas llevadas a cabo con más de 7000 niños de entre tres y diez años, así como con sus respectivos padres. Según hallamos, las anomalías aumentaban si la madre había bebido de manera moderada durante el embarazo; si, además, había fumado, el incremento era mayor.

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