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1 de Septiembre de 2017
Pediatría

¿Sacudida ­mortal?

Desde su descripción hace más de cuarenta años, el síndrome del niño zarandeado ha podido ser ­motivo de sentencias judiciales erróneas: detrás de un caso de supuesto maltrato infantil puede esconderse un accidente trágico.

El intento de calmar a un niño que llora zarandeándolo puede llevarlo, en casos extremos, a la muerte. [ISTOCK / BARNABY CHAMBERS]

En síntesis

Cuando se zarandea con brusquedad a un niño, su cerebro puede sufrir lesiones graves que en ocasiones llegan a provocar la muerte.

En los años setenta del siglo xx se identificaron tres síntomas específicos del síndrome del niño zarandeado: hematomas subdurales, hemorragias retinianas y daños en el tejido cerebral. Se consideró una forma penalizable de maltrato infantil.

Desde entonces se han registrado numerosos datos que apuntan a que estas lesiones pueden producirse también por caídas u otros accidentes. Ello sugiere la posibilidad de que se dicten sentencias equivocadas en los procesos penales.

En 2015, el neurocirujano pediátrico Norman Guthkelch, junto con otros 36 especialistas, publicó una carta cuyo contenido podía resultar extraño: informaban del mal uso que se estaba haciendo del diagnóstico del síndrome del niño zarandeado (shaken baby syndrome), una combinación de lesiones cerebrales que ponen en peligro la vida del bebé y que pueden originarse cuando un adulto agita bruscamente al niño.

Años antes, en 1971, Guthkelch había descrito por primera vez el mecanismo por el cual el zarandeo puede originar la muerte del lactante. Su artículo despertó la atención de médicos forenses y jueces, pues proponía una forma de maltrato infantil desconocida hasta entonces. El texto contribuyó a que los autores de tales acciones se vieran sometidos a procesos judiciales. Sin embargo, 44 años después, el propio Guthkelch reconoció en una carta abierta que este diagnóstico pediátrico había tenido unas consecuencias que él nunca había pretendido: «En muchos países del mundo se ha inculpado por error a padres y cuidadores de haber lesionado al bebé o de haberle provocado la muerte. Se les acusa de maltrato infantil con resultado de muerte por negligencia o incluso intencionada». Guthkelch temía que los médicos pudieran establecer el diagnóstico sin considerar otras razones que explicasen el estado del niño. Esta posibilidad ponía en peligro la intención original del investigador: informar a los padres de las graves consecuencias que comporta zarandear al niño. Su objetivo era contribuir a la prevención de tales casos.

La carta supone el culmen de un arduo debate todavía no resuelto por los especialistas, entre estos, pediatras, médicos forenses y juristas, pero también biomecánicos, psicólogos y otros científicos. Algunos expertos incluso señalan que hoy parece menos claro que hace unos años qué sucede en el cerebro del lactante cuando se le agita. No obstante, esta cuestión puede ser decisiva en un proceso judicial.

Ya en el siglo xix, el médico forense francés Ambroise Tardieu (1818-1879) encontró hematomas subdurales en lactantes que habían fallecido, pero no se imaginó que estas lesiones fueran consecuencia de un zarandeo del niño. En la actualidad, estas hemorragias por debajo de la duramadre se consideran uno de los tres síntomas cardinales del síndrome. El radiólogo estadounidense John Caffey (1895-1978), quien describió casos de niños que, además de fracturas de brazos o piernas, presentaban hematomas subdurales, tampoco se planteó esa posibilidad. Caffey interpretó las lesiones como una consecuencia de caídas o accidentes que habían pasado desapercibidos a las personas del entorno del niño.

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