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1 de Enero de 2010
Neurociencia

El dolor crónico

La glía se encarga del mantenimiento del sistema nervioso, pero sus cuidados pueden ir demasiado lejos. Tenerla bajo control podría aliviar dolores que los medicamentos actuales no calman.

ANDREW SWIFT

En síntesis

El dolor crónico que persiste tras la curación de una lesión suele deberse a neuronas del dolor sobreexcitadas, que emiten señales en ausencia de un estímulo externo.

Los analgésicos tradicionales, dirigidos hacia las neuronas, raramente apaciguan estos mensajes anormales de dolor porque la hipersensibilidad de las neuronas está motivada por otro tipo de células: las células gliales o glía.

La glía se encarga de mantener sanas y operativas las neuronas. Pero a veces, las reacciones de la glía ante un dolor intenso pueden prolongar ese dolor.

A consecuencia del impacto, el pie de Helen se salió del pedal del embrague y su tobillo se retorció contra el suelo del coche. En aquel momento pareció un esguince sin importancia, pero el dolor no remitía. Al contrario, se intensificaba. Al final, el más ligero contacto, incluso el suave roce con las sábanas, subía como una descarga eléctrica por su pierna. «Me dolía tanto, que no podía hablar, aunque gritaba por dentro», escribía la joven en una revista en línea sobre la misteriosa enfermedad que la atormentaría durante tres años.

El dolor crónico que padecen las personas como Helen no debe confundirse con el dolor agudo, una sensación corporal intensa y preocupante cuyo propósito es evitar que sigamos hiriéndonos (es decir, un toque de atención de nuestro organismo). El dolor agudo se llama también dolor patológico, ya que es una causa externa, así una lesión en los tejidos, la que produce las señales que se propagan por el sistema nervioso hasta el cerebro, donde son interpretadas como dolor.

Pero imaginemos que la agonía desgarradora de una herida nunca cesase, ni siquiera después de cicatrizar, o que las sensaciones cotidianas se volviesen insoportables: «Era incapaz de ducharme... las gotas de agua parecían puñales», recuerda Helen. «Las vibraciones del coche, alguien caminando por una tarima de madera, gente hablando, una ligera brisa... desencadenaban un dolor incontrolable. Los analgésicos habituales... incluida la morfina, no me hacían efecto. Era como si mi mente me estuviese jugando una mala pasada.»

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