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1 de Enero de 2004
Sensaciones

El origen del dolor

Da igual que la espalda se desgarre, la cabeza martillee o se pinche la pantorrilla; el dolor nace siempre en el cerebro. El dolor es algo más que una mera experiencia somática. Al tiempo que despierta sensaciones, sucumbe a la fuerza controladora de la mente.

DOMINIO PÚBLICO

En síntesis

El dolor es más que una mera experiencia somática: suele acompañarse de emociones.

No existe un centro cerebral para el dolor: las regiones somatosensoriales corticales se encargan de recoger los datos esenciales del mensaje doloroso.

Además de con medicamentos, la experiencia del dolor se puede controlar de manera consciente, a través de la mente.

La nueva placa de la cocina vitrocerámica brilla con un color rojo chillón. Despierta la curiosidad del niño. Dispuesto a tocarla, acerca su manecita a la placa incandescente. «¡Ay!», exclama mientras la retira. El dolor le ha avisado. Las lágrimas no tardan en desaparecer, pero en su memoria se graban huellas permanentes de este encuentro doloroso: es muy probable que el pequeño jamás vuelva a colocar la mano sobre una placa incandescente. Sin embargo, no será esta la última experiencia parecida, pues el dolor, como la respiración y los latidos cardíacos, forman parte de la vida. Este «perro guardián y ladrador» de la salud, como lo llamaban los griegos de la antigüedad clásica, ataca en cuanto el organismo afronta un peligro, externo o interno, y nos obliga a tomar medidas inmediatas para combatirlo.

Semejante alarma corporal resulta imprescindible. Lo demuestra un experimento de la propia naturaleza: algunas personas no sienten ningún dolor debido a un defecto congénito de su sistema procesador. Al no percibir el daño corporal en su momento, deben aprender, con gran esfuerzo, a conocer los peligros. Sin embargo, el proceso de aprendizaje consciente o el redoblamiento de la atención puesta por los progenitores no suplen, en modo alguno, la percepción dolorosa. En general, estos sujetos fallecen, en la primera infancia, por lesiones, quemaduras, hemorragias internas o incluso apendicitis no diagnosticadas.

El dolor, tan importante para la vida, puede convertirla en un infierno. Basta con una pequeña cavidad en un diente para sufrir un martirio casi insoportable que acaba llevando al sillón del dentista incluso a los más reacios. No tiene nada de extraño, pues, que los sanadores se hayan ocupado, desde siempre, no solo de calmar el dolor sino, además, de averiguar su origen. La ciencia se enfrenta a un gran obstáculo; de manera análoga a la angustia, la tristeza o la felicidad, el dolor es una sensación emocional y, en consecuencia, subjetiva, difícil de caracterizar por sus rasgos externos. De hecho, la magnitud de un traumatismo no dice mucho sobre la intensidad del dolor. Así se explica que, en el fragor del partido, un futbolista apenas sienta una fractura del hueso nasal, mientras que el más mínimo agujero dental puede convertirse en un suplicio permanente e intolerable en la quietud de la oficina. Por último, hay personas que sufren dolores intensísimos sin ninguna causa somática conocida.

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