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Miedo e irracionalidad

Sin el instinto del miedo la especie humana no hubiera sobrevivido hasta llegar a nuestro siglo. Pero en nuestro mundo actual tememos muchas veces a cosas que no deberían despertar este sentimiento.

Ciertas arañas de nuestras latitudes son venenosas, pero su picadura no es mucho peor que la de una avispa. A pesar de ello, su mera visión pro­duce pánico en muchas personas. [Getty Images / PeopleImages / iStock]

En síntesis

A veces, el miedo es un mal consejero, pues nos conduce en la dirección equivocada. Así, aunque sea más peligroso circular por la carretera que viajar en avión, preferimos trasladarnos en coche.

El problema estriba en que no siempre que sentimos miedo se debe a un riesgo objetivo. Los sentimientos y las emociones desempeñan una importante función en ello.

La sensación de control también contribuye a que la valoración intuitiva del peligro se encuentre lejos de la realidad. Quien piensa que controla una situación suele arriesgarse más.

Todos recordamos algún momento en que el miedo nos penetró hasta la médula de los huesos. Se acelera el pulso, empezamos a sudar, nos quedamos rígidos y nos falta el aire. Muy a menudo, el miedo no solo nos corta la respiración, sino que nos priva del sentido común. Son escasas las personas capaces de mantener la cabeza fría en situaciones que producen pavor: sufrir un atraco o encontrarse con una araña gigante en el pasillo. Es decir, justamente cuando necesitamos nervios de acero; si el miedo se apodera de nosotros existe una gran probabilidad de que cometamos errores, lo mismo que sucede con las emociones de amor, ira y otras.

Esa tendencia al comportamiento irracional se manifestó en las reacciones subsiguientes a los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001. Después de difundirse la noticia de la existencia de cartas con gérmenes de carbunco y de las primeras víctimas mortales por esta causa, muchos estadounidenses, presas del pánico, se aprovisionaron de máscaras antigás, hasta vaciar los almacenes. Ahora bien, esos filtros respiratorios, harto incómodos, solo protegen si se portan de forma permanente, lo que muy pocos llevaban a la práctica. Habían dejado de cumplir su función protectora para convertirse en antídoto contra el miedo.

Otras reacciones adquirieron un alcance global. Así, los viajes en avión. De inmediato, muchas personas eliminaron el vuelo entre sus opciones de transporte. Las consecuencias económicas para las empresas turísticas y las líneas aéreas fueron tan catastróficas, que algunas se declararon en quiebra.

Transbordo arriesgado

¿Y a quién beneficia tal deriva? Al automóvil. En el plano subjetivo puede resultar razonable, pues así nos sustraemos a un peligro que se presenta con suma viveza gráfica ante nuestros ojos. Pero, analizados objetivamente, los viajes en el propio vehículo revisten un peligro mucho mayor que los realizados en avión. Según datos del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, la probabilidad de morir en un accidente de coche es 37 veces más alta que si se viaja en avión. De acuerdo con el cómputo estadístico, la sección más peligrosa del viaje corresponde al tramo hasta el aeropuerto realizado en el propio vehículo. David G. Myers ha calculado que, si se hiciera en coche solo la mitad de los kilómetros de vuelo, el número de muertos por accidente de tráfico en carretera llegaría a 800, es decir, el triple de los pasajeros de vuelo muertos en los atentados terroristas.

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