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1 de Marzo de 2013
Cognición

Ruido, ruido, ruido

En la oficina, en la calle, incluso en clase. Hoy en día, el ruido resulta casi omnipresente. ¿Cómo combatir sus efectos nocivos?

DREAMSTIME / JONATHAN ROSS

En síntesis

El ruido afecta al rendimiento intelectual, sobre todo a la memoria a corto plazo. Las voces y otros ruidos discontinuos resultan en especial perjudiciales.

Por lo general, si se filtran las frecuencias agudas del murmullo de fondo, mejora la capacidad de memorización.

Las aulas en las que resuena la voz y predomina el ruido de fondo dificultan la comprensión y el aprendizaje a los escolares. Los materiales que absorben el sonido pueden remediar la situación.

El ruido no es un invento reciente. Ya en la antigua Roma, el bullicio y el alboroto eran el pan de cada día. Según el poeta romano Décimo Junio Juvenal (aprox. 100 d.C.), el nivel de ruido que se producía en su ciudad podría mantener en vilo hasta a un «druso» (el emperador romano Claudio Druso era conocido por su sueño profundo). Juvenal relata asimismo que muchos ciudadanos padecían insomnio; a algunos les afectaba de tal forma que hasta morían de ello.

El estoico Séneca (aprox. 1-65 d.C.) distinguió varios tipos de cargas auditivas. Entre ellas, consideraba sobre todo molestas las voces. A tenor de su descripción, estas actúan directamente sobre el alma, mientras otra clase de ruido solo «golpea» nuestro oído y lo «llena». También la música es, en su opinión, una fuente de distracción mayor que cualquier sonido monótono.

¿Es eso cierto? ¿Penetran las voces y la música irremediablemente en la consciencia, donde destruyen los pensamientos, como se lamentaba el filósofo Schopenhauer (1788-1860)?

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