La neurobiología del yo

La biología empieza a elucidar de qué modo engendra el cerebro el constante sentimiento de nuestra propia identidad.

Aaron Goodman

En síntesis

Cada vez hay más neurobiólogos que exploran cómo forma y mantiene el cerebro el sentimiento de la propia identidad.

Se ha observado que varias regiones cerebrales responden de modo distinto a la información sobre el propio yo que a la concerniente a otros. Estas se mantienen más activas cuando el individuo piense en lo que le caracteriza a él.

Para algunos investigadores, estos trabajos pueden contribuir a comprender mejor la demencia y sus efectos violentos sobre el yo, y a encontrar nuevos tratamientos para este tipo de trastornos.

Nada nos es más inmediato que nosotros mismos. En palabras de Todd Heatherton, psicólogo de la Universidad de Darmouth: «Cuando bajamos la mirada y nos vemos el cuerpo, sabemos que es el nuestro. Cuando alargamos la mano para asir algo, sabemos que es nuestra mano lo que controlamos. Cuando recordamos, sabemos que los recuerdos son nuestros, no de otros. Cuando nos despertamos, no hemos de preguntarnos quiénes somos».

Nuestra propia identidad puede resultarnos obvia, pero también enigmática. El propio Heatherton esquivó durante muchos años abordarla de frente, a pesar de que había estado investigando el control de uno mismo y la autoestima, amén de otros problemas afines, ya desde los días de sus estudios doctorales. Todo lo que le interesaba, explica, tenía que ver con el yo, pero no con el problema filosófico de qué es el yo. Eludía las especulaciones relativas a su significado. O, al menos, lo intentaba.

Ya no es así. En la actualidad, Heatherton y un creciente número de científicos encaran la cuestión sin rodeos. Quieren averiguar de qué modo aflora el sentimiento de la propia identidad en el cerebro. En estos últimos años se han ido encontrando determinadas actividades cerebrales que quizá resulten esenciales para la producción de diferentes aspectos de la consciencia de uno mismo. Están ahora tratando de averiguar de qué modo esas actividades hacen surgir el sentimiento unificado que todos tenemos de constituir un solo ente. La investigación está proporcionando indicios acerca del modo en que pudo haber evolucionado la sensación de la propia identidad en nuestros ancestros homínidos. Es posible incluso que ayude en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer y de otras dolencias que erosionan el conocimiento del yo, y que, en algunos casos, llegan a destruirlo por completo.

El yo es especial

El psicólogo norteamericano William James (1842-1910) puso en marcha el moderno estudio del yo en 1890, con su libro Los principios de la psicología, un auténtico hito. En él proponía: «Comencemos con el yo en su acepción más amplia, y sigámoslo hasta su forma más sutil y delicada». Sostenía que, aunque el yo pueda dar la impresión de ser un ente unitario, posee muchas facetas, desde la consciencia de nuestro propio cuerpo y los recuerdos que tenemos de nosotros mismos hasta la percepción de nuestro puesto en la sociedad. Pero James confesaba su desconcierto sobre cómo producía el cerebro estos pensamientos relativos a uno mismo y lograba entretejerlos en un único ego.

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