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Bases nerviosas de la conciencia

Los extraordinarios avances de la investigación cerebral no se detienen ni siquiera ante una de los últimos grandes enigmas de la humanidad: la conciencia. Sobre este tema, campo reservado desde siempre a la filosofía, tiene mucho que aportar la investigación científica.

AKG BERLIN

En síntesis

Desde diferentes ámbitos de la neurociencia y la psicología se intenta explicar la consciencia y sus mecanismos neuropsicobiológicos.

Además de las percepciones conscientes, nuestro cerebro elabora información de la que no somos conscientes: se trata de la percepción implícita.

Según los científicos, solo tomamos consciencia de aquello que va unido a la actividad de las llamadas áreas asociativas de la corteza.

¿Qué es la conciencia? El término está en boca de to­ dos. Del que pide disculpas porque no "fue consciente" de haber omitido el saludo a un amigo, del que "tomará conciencia" de un problema o del que "reflexionará a conciencia sobre él". Pero si preguntamos a cada uno qué entiende por conciencia, las respuestas divergirán.

No debe extrañarnos. La respuesta no es sencilla ni siquiera para los expertos. La conciencia engloba una amplia variedad de situaciones con un denominador común: el ser vivida e informada por uno mismo. En consecuencia, sería preferible no hablar de "la" conciencia, objeto habitual del debate filosófico. La forma más general de conciencia es la "vigilia" o "vigilancia", estado que se con­trapone a los de somnolencia, obnubila­ción, aturdimiento y otros grados de conciencia disminuida que pueden llegar al coma profundo.

Los investigadores distinguen entre la conciencia "de fondo" y la conciencia actual. La primera comprende vivencias duraderas tales como la de cuerpo ("el cuerpo en que estoy incluido es mi cuer­po"), identidad ("tengo mi propia identidad"), control ("soy quien origina y controla mis actividades corporales y psíquicas") y localización ("mi propio yo y mi cuerpo ocupan un determinado lugar en el espacio y en el tiempo").

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