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El efecto Flynn

El siglo XX experimentó el «efecto Flynn». Así se llama el fenómeno que consiste en un incremento notable del cociente intelectual de una generación a la siguiente.

Getty Images / Evgeny Kuklev / iStock

En síntesis

En el transcurso del siglo XX, se produjeron unos asombrosos incrementos, inesperados, en el test sobre cociente intelectual (CI). Ese efecto Flynn, así se reconoce, se registró en una treintena de países. Sorprendentemente, los incrementos en los subtests, que miden distintos componentes de la inteligencia, variaban en un patrón caótico.

Los resultados desencadenaron una crisis en la investigación sobre la inteligencia. O los niños de hoy son mucho más brillantes que sus padres o, al menos en algunas circunstancias, los tests de CI no constituyen una buena vara para medir la inteligencia. Empezaron a multiplicarse las paradojas.

Las soluciones a las paradojas nos dicen algo nuevo sobre la naturaleza de la inteligencia y lo que la sociedad debe hacer para fomentar el pensamiento crítico.

Cierto sábado un tanto anodino del mes de noviembre de 1984, al abrir el buzón me encontré con una información explosiva. Se trataba de datos que me enviaba un reputado investigador holandés. De pronto caí en la cuenta de que el cociente intelectual (CI) de los varones holandeses había aumentado enormemente en una sola generación. Conocemos ya comportamientos similares en una treintena de países, de todos cuantos teníamos datos. Puede que el incremento del CI no continúe, pero dominó el siglo xx entero. Lo que de suyo basta para crear una crisis de confianza. O los niños de hoy son mucho más listos que sus padres o, al menos en algunas circunstancias, el CI no es un buen canon para medir la inteligencia. Las paradojas comenzaron a multiplicarse. Pero ya podemos resolverlas; y, al hacerlo, esclarecer la naturaleza de la inteligencia tanto como el abismo que separa nuestras mentes de las de nuestros antepasados.

La inteligencia y el átomo

Entender la inteligencia es como entender el átomo: tenemos que conocer no solo qué mantiene juntos a sus componentes, sino también qué los divide. Lo que liga a los componentes de la inteligencia es el factor general de inteligencia, o índice g; lo que actúa como acelerador de partículas, que divide al átomo, son las tendencias cognitivas calculadas a lo largo del tiempo. El test de CI que mejor ilustra estas dos dinámicas es la Escala de Inteligencia de Wechsler para Niños (WISC, en sus siglas en inglés), que se viene utilizando desde 1947.

Los 10 subtests de la WISC miden varias habilidades cognitivas. El subtest de Semejanzas mide la capacidad para percibir lo que tienen las cosas en común; el de Vocabulario, si se han asimilado las palabras utilizadas en la vida diaria; el de Información, la retención de información general; el de Aritmética, la capacidad para resolver problemas matemáticos. Quienes superan la media en uno de los subtests tienden también a sobresalir en el resto. Por tanto, hablamos de un factor general de inteligencia. El análisis factorial, una herramienta matemática, calcula la tendencia del comportamiento de una amplia variedad de tareas cognitivas interrelacionadas, cuyo resultado cuantitativo nos da el índice g.

En general, un individuo con buenos resultados en el test supera los resultados medios en algunas tareas cognitivas mejor que en otras. Estas tareas tienden a ser las de mayor complejidad cognitiva, lo que refuerza la tesis de que g mide la inteligencia general. Los subtests de la WISC pueden ordenarse según sus pesos en el índice g. Los de mayor peso son aquellos en los que los sujetos con un CI alto aventajan más a la media, mientras que los subtests de menor peso en g son aquellos en los que los individuos en cuestión menos destacan.

No encierra ningún misterio que varias características o tareas tengan diferentes pesos en el índice g. Las personas con aptitudes musicales tienden más a superar la media en piano que en batería. Un cocinero con talento presenta mayores probabilidades de superar la media en la delicada empresa de montar un suflé que en la tarea elemental de batir un huevo. La primera es más compleja que la segunda; por tanto, es un mejor test de excelencia en la cocina.

 

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