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Genética de la inteligencia

La detección en nuestros genes de factores que configuren la inteligencia está resultando más escurridiza de lo esperado.

CARY WOLINSKY

En síntesis

Contamos ahora con nuevas técnicas para sondear el cerebro y el genoma, en busca de las bases genéticas de la inteligencia.

Estos trabajos aportan una nueva visión de la inteligencia, al tiempo que revelan una complejidad imprevista en la interacción entre genes y entorno.

Cuanto más ahondamos en la relación entre genes e inteligencia, más misteriosa resulta la función de aquellos. Pero la empresa sigue mereciendo la pena.

El trabajo de Robert Plomin requiere grandes dosis de paciencia. Este experto en genética de la conducta, adscrito al Instituto de Psiquiatría de Londres, se ha propuesto desentrañar la naturaleza de la inteligencia. En sus investigaciones observa el desarrollo y crecimiento de millares de niños. Les pregunta, por ejemplo, «¿qué tienen en común el agua y la leche?» o «¿en qué dirección se pone el sol?». Al principio, eran encuestados en persona o por teléfono. En la actualidad, muchos de esos niños son preadolescentes; las pruebas se realizan a través de Internet.

El estudio ha arrojado resultados esperanzadores. Todos los niños encuestados son gemelos. Las puntuaciones de gemelos idénticos (univitelinos) muestran menor discrepancia que las de gemelos no idénticos (mellizos) y estas, a su vez, difieren menos que las de los niños sin parentesco. Sumados a otros resultados similares, procedentes de diversas investigaciones, nos indican que los genes poseen una influencia notoria sobre la puntuación de los niños en los tests de inteligencia.

Pero Plomin busca un conocimiento más hondo. Se propone determinar los genes responsables de tal influencia. Y cuenta ahora con un instrumento de localización de genes que no podía ni haber soñado cuando empezó a trabajar con niños. Plomin y sus colaboradores han venido escrutando los genes de los participantes mediante una micromatriz, un chip diminuto con capacidad para identificar medio millón de fragmentos de ADN distintivos. La conjunción de este poderoso instrumento y de una amplia población infantil en la que efectuar el estudio debería facilitar el hallazgo de genes que influyeran en las calificaciones obtenidas en las pruebas, por pequeño que fuese su efecto.

Sin embargo, los resultados del estudio con micromatrices (la más extensa redada de genes vinculados a la inteligencia llevada a cabo hasta entonces) resultaron abrumadoramente desalentadores. El grupo de Plomin halló solo seis marcadores genéticos con indicios de ejercer influencia sobre las calificaciones. Y cuando sometieron los datos a análisis estadísticos rigurosos, para descartar fluctuaciones aleatorias, se quedaron con solo uno, que daría cuenta de un 0,4 por ciento de las variaciones en puntuación. La guinda del pastel es que se desconoce la función que desempeña ese gen en nuestro organismo.

La experiencia de Plomin es característica de los estudios científicos sobre la inteligencia. Además de micromatrices, se aplican escáneres cerebrales y otras técnicas punteras en un intento de documentar algunos de los intrincados pasos de danza que los genes y el entorno trazan de forma conjunta en el desarrollo de la inteligencia. Se ha empezado a revelar el modo en que las diferencias­ en inteligencia se reflejan en la estructura y la función cerebrales. Algunos científicos han comenzado incluso a elaborar una nueva visión de la inteligencia, que entienden como un reflejo de las formas en que la información fluye por el cerebro. Pese a tales avances, la inteligencia sigue constituyendo un profundo misterio.

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