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La inteligencia: ¿un debate eterno?

Si los genes determinan las capacidades intelectuales, ¿son algunas personas por naturaleza menos listas que otras? Desde hace años, esta pregunta conduce a acalorados debates. La ciencia ha superado la controversia entre herencia y ambiente.

Getty Images / primipil / iStock

En síntesis

Para numerosas personas, las influencias genéticas y los factores ambientales constituyen una contradicción en relación a los factores que determinan las capacidades intelectuales.

Los estudios de genética del comportamiento explican las diferencias estadísticas entre las poblaciones, no de la inteligencia individual.

La epigenética demuestra que la herencia y el ambiente interaccionan de forma compleja.

Más de un siglo de investigación no ha logrado descubrir los factores que configuran la inteligencia humana ni calmar el debate en torno a ella en determinados ámbitos. En 2010, una ola de indignación sacudió Alemania. El político y escritor Thilo Sarrazin anunció que el país se volvía cada vez más mentecato. Su discurso señalaba como motivo principal de este fenómeno la tendencia entre los coetáneos con menor capacidad intelectual a engendrar un gran número de hijos, mientras que los ciudadanos listos dedicaban poco tiempo y esfuerzo a procurar descendencia. «Entre los científicos serios [...] hoy en día ya no existe duda alguna de que la inteligencia humana se hereda entre un cincuenta y un ochenta por ciento», describía Sarrazin en su superventas Deutschland schafft sich ab («Alemania se desintegra»). Con frases como esta pretendía argumentar el peligro que acecha al futuro alemán: al mismo tiempo que aumenta el número de bobos, el cociente intelectual (CI) de la nación se hunde. Y sus consecuentes efectos económicos: los costes sociales solo subirán para la creciente clase baja, puesto que vivirán en gran medida de prestaciones sociales.

Si se recapitula la discusión pública que originaron las tesis de Sarrazin, no puede más que agitarse la cabeza con incredulidad. Elsbeth Stern, de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, opinaba por esas fechas en el periódico Die Zeit sobre el político del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD): «No ha entendido los principios básicos sobre herencia e inteligencia». Por su parte, Heiner Rindermann, de la Universidad Técnica de Chemnitz, y Detlef Rost, de la Universidad de Marburgo, manifestaban lo contrario en el diario Frankfurter Allgemeinen Zeitung: «Las tesis de Sarrazin, en lo que se refiere a los aspectos psicológicos, coinciden en términos generales con el conocimiento actual de las investigaciones psicológicas modernas». Fueran científicos, políticos o periodistas, la opinión pública estaba dividida. Unos defendían a Sarrazin como un valiente rompedor de tabúes; otros tachaban su argumentación de racista. Ni rastro de consenso.

En el tema de la influencia de la genética en la inteligencia humana, la política empaña con facilidad la visión objetiva del asunto. A ello se suma un agravante: con frecuencia resulta difícil para la propia investigación transmitir mensajes unívocos. Desde hace más de cien años, los científicos interpretan de forma dispar los datos sobre el desarrollo de la inteligencia obtenidos a partir de estudios con gemelos.

¿Falsificación y manipulación?

En la investigación con gemelos, la dificultad va más allá de los problemas metodológicos a los que deben enfrentarse los científicos, pues las convicciones e ideologías personales entran en juego. Incluso los investigadores de renombre caen bajo la sospecha de falsear o manipular los resultados.

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