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Actualidad científica

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  • Mayo/Agosto 2018Nº 20

Neurociencia

Técnicas para la estimulación del aprendizaje

Las últimas investigaciones sobre el cerebro dejan entrever nuevos métodos para mejorar la lectura, la escritura, la aritmética e incluso las destrezas sociales.

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A Lucas Kronmiller, un bebé de ocho meses, acaban de ajustarle sobre su casi monda cabeza un casco con 128 electrodos. Frente a él, un ayudante intenta entretenerle haciendo pompas de jabón. A Lucas se le ve tranquilo y contento. A pesar de todo, hoy no es un día demasiado especial: desde que contaba cuatro meses ha venido en repetidas ocasiones al Laboratorio de Estudios de la Infancia de la Universidad Rutgers. Al igual que han hecho más de mil pequeños durante los últimos quince años, Lucas está ayudando a April A. Benasich y sus colaboradores a averiguar si, ya en edades tempranas, resulta posible determinar si un niño experimentará en el futuro dificultades con el lenguaje. Benasich pertenece a un grupo de investigadores que tratan de esclarecer los procesos esenciales subyacentes al aprendizaje a partir de los registros de la actividad cerebral. Una ciencia nueva, la neurodidáctica, busca respuestas a cuestiones que siempre han causado perplejidad entre psicólogos y pedagogos.

¿Qué relación existe entre la destreza de un bebé para procesar sonidos o imágenes y la facultad que ese niño poseerá pocos años después para aprender palabras y letras? ¿Qué conexión guarda la capacidad de atención de un preescolar con su futuro éxito académico? ¿Qué pueden hacer los educadores para fomentar las habilidades sociales entre los más pequeños? Las respuestas a estas preguntas servirán para completar los avances logrados tras años de investigación en psicología y ciencias de la educación. Pero, además, un enfoque basado en la neurociencia debería ofrecer nuevas ideas para mejorar desde la infancia el aprendizaje de tareas como la lectura, la escritura, la aritmética o la adaptación a la compleja red social que constituyen la etapa preescolar y la escuela primaria. Si gran parte de estos estudios se centran en los primeros años de vida, se debe a que es a edades tempranas cuando el cerebro exhibe una mayor capacidad de cambio.

¡Eureka!

Benasich estudia la manera en que el cerebro de los niños muy pequeños percibe el sonido, un proceso cognitivo fundamental para la comprensión del lenguaje, que, a su vez, resulta básico para la lectura y la escritura. Esta investigadora, una antigua enfermera que ahora cuenta con dos doctorados, se centra en el estudio de lo que ella denomina instante eureka: una transición brusca en la actividad eléctrica del cerebro que indica que acaba de percatarse de algo.

En el laboratorio de Benasich, a Lucas y otros niños se les presentan tonos de frecuencia y duración determinadas y se registran las variaciones en las señales cerebrales cuando oyen una frecuencia diferente. En general, un electroencefalograma exhibe un valle como respuesta al cambio, lo que indica que el cerebro ha reconocido algo nuevo. Una demora en el tiempo de reacción a una variación de tono es señal de que el cerebro no la ha detectado con suficiente rapidez. Se ha demostrado que una respuesta cerebral perezosa a la edad de seis meses puede predecir dificultades en el habla entre los tres y los cinco años. Si las diferencias persisten durante los primeros años o en la etapa preescolar, pueden apuntar a problemas en el desarrollo de los procesos cerebrales que ocurren durante la percepción de las unidades básicas del habla. Si un niño de uno o dos años no alcanza a oír o a procesar con suficiente rapidez ciertas componentes del discurso —un «pa» o un «da»—, puede rezagarse en la «elocución mental» de letras o sílabas, lo que redundaría más tarde en dificultades para leer con fluidez. Estos hallazgos confirman otras investigaciones previas de Benasich, las cuales mostraban que los niños que sufrían dificultades tempranas para procesar estos sonidos obtenían, ocho o nueve años después, peores resultados en test psicológicos sobre el lenguaje.

 

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