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Actualidad científica

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  • Mayo/Agosto 2018Nº 20
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¿Una neuroescuela?

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En esta época del año, las aulas de los colegios se quedan vacías de alumnos y profesores. Los escolares emprenden las vacaciones de verano con nuevos conocimientos y saberes; los docentes, orgullosos de un trabajo bien hecho, y los padres, contentos con las notas de sus hijos. ¿Retrata esta escena la vida real o surge de una película de ficción?

Desde hace unos años, se habla de la neuroeducación o neurodidáctica, un enfoque de la enseñanza en el que convergen pedagogos, psicólogos y neurocientíficos en el afán de optimizar el aprendizaje de los alumnos. Como explica el filósofo, experto en ciencias cognitivas y escritor José Antonio Marina en su artículo «La inteligencia en el siglo XXI» (pág. 4), en el actual milenio se está configurando una visión integrada de la inteligencia, la cual plantea nuevos retos para la edu­cación.

Al aprender, además de adquirir nueva información, los circuitos del cerebro se modifican. Pero también las emociones, así como las estrategias de aprendizaje y pedagógicas intervienen en los procesos cognitivos. ¿Qué método es el más adecuado para que un niño se desenvuelva sin problemas con las matemáticas? ¿Y para enseñarle a leer y a escribir? ¿Se debe impartir hoy la misma ciencia y de la misma forma que hace 20 años? ¿Resulta beneficioso empezar con una educación multilingüe en la edad preescolar?

Los autores de los trece artículos que reúne esta nueva entrega de Cuadernos de Mente y Cerebro se plantean estas y otras preguntas en busca de respuestas. Un objetivo no tan sencillo de alcanzar en un terreno en el que se mezclan diferentes opiniones y posturas. Mientras que los neurocientíficos destacan la importancia del cerebro en el aprendizaje, los más escépticos de una enseñanza «cerebralmente correcta» argumentan que el cerebro, aunque imprescindible, es solo un componente más pero no suficiente para abarcar todos los aspectos del aprendizaje (véase «Neurodidáctica», por Gerhard Friedrich y Gerhard Preiss; pág. 12).

Con todo, la neurociencia continúa aportando datos sobre cómo el cerebro procesa los conocimientos y el modo de optimizar el aprendizaje. Y los pedagogos conocen las estrategias didácticas. En definitiva, la neurociencia y las ciencias educativas deben trabajar en estrecha colaboración para que, a la vuelta de las vacaciones, los niños adquieran la mejor educación posible en las escuelas. «Yo no suspendo, suspenden los alumnos», afirmaba hace poco un profesor. ¿Realidad o ficción?

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