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1 de Septiembre de 2012
Neurociencia

Neuronas para calcular

La palabra «matemáticas» provoca incomodidad y ganas de huir en algunas personas. Quizá si supieran que poseen un sentido innato para los números cambiarían de actitud.

GEHIRN & GEIST / EMDE-GRAFIK

En síntesis

Animales y personas presentan una sensibilidad numérica innata para las operaciones de cálculo básicas gracias a unas neuronas especializadas del prosencéfalo y del lóbulo parietal posterior.

La capacidad de calcular con precisión se basa en un sistema de estimaciones primigenio que ha ido evolucio­nando.

Al carecer de símbolos asociados a los números, los animales solo pueden ejecutar estimaciones aproximadas.

Una, dos... Muchas. Cuando se trata de contar, a los indios pirahã las palabras se les agotan con suma rapidez. Esta tribu del Amazonas brasileño carece en su vocabulario de términos para designar números más allá del dos. En 2004, el psicólogo Peter Gordon, de la Universidad de Columbia en Nueva York, observó que los integrantes de esa aislada tribu que habita los bosques tropicales amazónicos solo realizan estimaciones [véase «El lenguaje de los pirahã», por A. Lessmöllmann; Mente y cerebro, n. 19]. Otros pueblos indígenas tampoco son excesivamente precisos con las cuentas. En 2004, el lingüista Pierre Pica, del Centro Nacional de Investigación Científica de París, descubrió que el pueblo mudurukú, también de Brasil, usaba una serie numérica que alcanzaba solo hasta el cinco. Pese a mostrarse capaces de evaluar grandes cantidades, la aritmética exacta era ajena a su cultura.

Parece que contar con precisión no forma parte de las capacidades innatas de los humanos; debemos aprender esa habilidad (en ocasiones, con mucho esfuerzo). No obstante, quizás alegrará saber a las personas menos dadas a las matemáticas que los fundamentos del procesamiento mental más rudimentario para las cantidades forma parte de la genética humana. Incluso algunos animales poseen tal capacidad. Una manada de leonas que oye el rugir distante de congéneres hostiles debe decidir si vale la pena defender su territorio. En esos momentos el tamaño del grupo amenazante resulta decisivo, dado que, por lo general, la manada más numerosa se impone. En 1994, la etóloga Karen McComb, de la Universidad de Sussex, observó en el Parque Nacional de Serengueti que los felinos salvajes eran capaces de estimar el número de intrusos a los que se enfrentaban.

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