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1 de Marzo de 2005
Lingüística

Hablar sin palabras

Considerado antaño una suerte de pantomima, el lenguaje mímico cuenta con una gramática compleja. El cerebro procesa su expresión en las mismas regiones que dedica al lenguaje hablado.

Valentía [CLAUS SCHÄFERW]

En síntesis

El lenguaje de signos aporta una sola diferencia con respecto al hablado: el sonido carece de importancia. Aun así, las áreas cerebrales participantes en cada caso difieren.

Según se ha podido observar a través de la tomografía por resonancia magnética funcional, el hemisferio derecho parece intervenir en el lenguaje de signos, fenómeno que no sucede en el hablado.

Además de la mímica, los usuarios de la lengua de signos se sirven del espacio y de las expresiones faciales para comunicar.

Un grupo alegre y algo excitado de personas sube al tranvía N en Viena. Visitan por primera vez la ciudad y arden en deseos de contemplar el Prater. Cotorrean, ríen y no paran de contar anécdotas. Curiosamente, todo transcurre en silencio. Solo las manos emprenden vuelos raudos y las caras se dirigen, expresivas, a los interlocutores como dibujando cada palabra con los gestos. Un espectador contempla atónito la escena desde su asiento, sintiéndose excluido de esa forma de comunicación humana. «¿Se sentirán como yo ahora los sordos?», piensa en su interior. Tal vez repare incluso en que el lenguaje por signos permite contar historias, manifestar alegría y reír los chistes.

Que el lenguaje de signos fuera una lengua genuina, con sintaxis, semántica, retórica e ironía, no lo tenían muy claro los lingüistas tiempo atrás. Sin embargo, el principio lógico de funcionamiento es el mismo que el del lenguaje hablado: los símbolos escogidos de forma voluntaria, es decir, convencionales, están dotados de un significado que facilita la comunicación entre las personas. En este aspecto, el danés y el alemán operan exactamente igual que el sánscrito y el swahili.

El lenguaje de signos aporta una sola diferencia: el sonido carece de importancia. El énfasis se pone en la combinación de los movimientos manuales y en la mímica y los gestos corporales. Hay en Europa cientos de miles de sordos y una cifra mucho mayor de personas con problemas de audición. Los sordos poseen una cultura propia, merced en parte a su lenguaje extraordinario; existe poesía mímica e incluso coros mímicos.

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