Cuando la música nos ensordece

Escuchar habitualmente música con cascos, a todo volumen, puede causar sordera parcial a los 40 o 50 años de edad. Los neurobiólogos explican cómo los sonidos intempestivos destruyen las células auditivas.

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En síntesis

Escuchar música con cascos o auriculares internos expone los tímpanos a intensidades de sonido del orden de 110 decibelios, lo que causa la muerte de las células ciliadas del oído interno.

Uno de cada diez jóvenes sufre una pérdida de audición de unos 15 decibelios; ello reduce su sensibilidad en un factor de 30.

El uso de tapones para los oídos o de limitadores de volumen evitaría la necesidad de utilizar audífonos en la edad adulta.

Nuestro sentido del oído obra un pequeño milagro todos los días. El caos de ondas sonoras detectadas por las células ciliadas del oído interno se transforma en palabras o música en los centros auditivos del cerebro. Pero este sistema de detección también es muy sensible al ruido excesivo, que, en el peor de los casos, conduce a un silencio permanente o a la percepción de pitidos persistentes en el oído. A pesar de este riesgo, en lugar de protegerse los tímpanos lo mejor posible, muchas personas se exponen voluntariamente a ruidos más fuertes de lo aconsejable. El problema comenzó en 1979, con la aparición de los primeros reproductores portátiles. Estos pequeños aparatos permitían llevar la música a todas partes y escucharla mediante auriculares internos o con cascos. Hoy en día, todos los teléfonos inteligentes ofrecen esta función. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de personas que usan auriculares a diario aumentó un 75 por ciento entre 1990 y 2005. Y mil millones de jóvenes en todo el mundo corren el riesgo de sufrir pérdida de audición. A menudo subestiman el peligro, ya que el daño suele manifestarse al cabo de los años.

Mil millones de jóvenes en riesgo

El deterioro auditivo inducido por el ruido fue muy frecuente en el pasado, sobre todo en sectores como la construcción de carreteras y estructuras metálicas o la industria del automóvil. En la década de 1970, en Alemania, y una década después en el resto de Europa, se promulgaron los primeros reglamentos sobre la protección contra el ruido en el lugar de trabajo.

En 2006, se endureció la reglamentación en el seno de la Unión Europea. Desde entonces, el empleador debe proporcionar protección auditiva si el nivel de sonido supera los 80 decibelios en una jornada de ocho horas, así como para cuatro horas de trabajo a más de 83 decibelios, o si se excede de breves exposiciones por encima de 120 decibelios. A modo de comparación, una conversación normal emite un nivel sonoro de unos 60 decibelios, la sirena de una ambulancia alcanza unos 110 decibelios, y un martillo neumático, 130 (razón por la que los trabajadores deben llevar cascos de protección auditiva).

La relación entre el nivel de presión acústica y la intensidad del sonido no es lineal: un aumento de 3 decibelios duplica la intensidad sonora, y un incremento de 6 o 10 decibelios la multiplica por 4 o por 10, respectivamente. Sin embargo, las medidas de protección que en la actualidad se dan por sentadas en el mundo laboral no se aplican al ruido al que nos exponemos durante las actividades de ocio. Aquí también se alcanzan a veces niveles alarmantes: los transductores de sonido que se llevan sobre las orejas o en el interior del oído pueden emitir niveles de presión sonora de entre 80 y 115 decibelios durante varias horas. En las discotecas y en los conciertos, por lo general la música se dispara a volúmenes de entre 100 y 120 decibelios, y el estruendo y los silbidos en los estadios de fútbol llegan incluso a valores máximos de 130 decibelios. Cada vez más estudios indican que estos ruidos de «ocio» aumentan el riesgo de daño auditivo permanente.

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