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«La música abre un túnel en el cerebro»

Casi nada excita tanto nuestros sentimientos como la música. Una canción de rock nos hace mover las piernas, mientras que una sonata en tono menor nos conmueve. El psicólogo de la ­música Stefan Kölsch explica cómo y por qué ocurre.

Stefan Kölsch Nació en 1968 en Wichita Falls (Texas). Estudió música vocal e instrumental en Bremen, así como psicología y sociología en la Universidad de Leipzig, antes de doctorarse en el Instituto Max Planck de Leipzig en neurociencias y ciencias cognitivas. Trabajó como posdoctorando en la Universidad Harvard en Boston y aceptó una cátedra en la Universidad Libre de Berlín, donde fue profesor de psicología de la música y neurociencia dentro del grupo de excelencia «Lenguajes de la emoción». Desde 2015 es profesor de psicobiología, psicología médica y psicología de la música en la Universidad de Bergen. [EIVIND SENNESET, UIB; CORTESÍA DE STEFAN KÖLSCH]

¿Tiene una canción favorita?

Sí. En realidad tengo muchas. La pieza musical que prefiero oír depende de cada situación. Cuando practico deporte me gusta escuchar rock, y para trabajos que requieren concentración me inclino por el jazz o temas clásicos de Bach. Cuando estoy con los niños en casa, pongo rhythm and blues.

¿Qué moldea las preferencias musicales personales?

Intervienen diversos factores, por supuesto. Uno lo descubrió el científico de datos Seth Stephens-Davidowitz cuando analizó perfiles de Spotify: a los usuarios les gusta escuchar temas que oyeron por primera vez durante su juventud. Las chicas desarrollan un gusto musical definido a los 13 años aproximadamente, y los chicos, a los 14. También hay canciones que nos agradan durante mucho tiempo porque nos hemos cruzado con ellas en una fase sensible de la vida. El gusto tiene mucho que ver con los recuerdos autobiográficos.

¿Es ese también su caso?

Sí, aún me gusta escuchar temas de mi adolescencia. Me da hasta un poco de vergüenza. Por ejemplo, en aquella época estaba de moda el grupo Wham!. Normalmente quitaría enseguida ese tipo de música, pero me evoca recuerdos especiales. También he crecido con música clásica y he tocado en orquestas juveniles. Eso me marcó mucho. Para muchos jóvenes, hacer música juntos, ya sea en una banda u orquesta, está ligado a sentimientos positivos. Las preferencias que se forjan allí nos acompañan durante toda la vida.

¿Qué influencia tienen las emociones?

La música puede repercutir de manera directa en nuestros sentimientos y pensamientos. En un estudio corroboramos que las personas creían con más facilidad que ganarían en un juego de azar cuando habían escuchado previamente melodías alegres. Este optimismo incluso supera la tendencia natural de partir de lo negativo. La música también influye en cómo de oscuros o claros percibimos los colores. Los sonidos más alegres suelen hacer que las superficies nos parezcan más claras. Quizás, el hecho de que el gusto musical se forme pronto tenga que ver con que los adolescentes, debido a los cambios que se producen en su cerebro, viven las emociones de una forma especialmente intensa. Durante esa etapa, el sistema de recompensa neuronal se activa notablemente mediante el neurotransmisor dopamina. Muchos púberes, además, buscan en la música consuelo o distracción. Los temas que les ayudaron en esos tiempos difíciles también les despiertan buenos sentimientos más adelante en la vida.

¿Qué poder transformador tiene el gusto musical en las personas adultas?

En cada edad se pueden formar nuevas preferencias. Yo, por ejemplo, durante mucho tiempo no soportaba a Mahler. Tardé años en entender su música, en parte disonante.

¿Con las disonancias ocurre como con las sustancias amargas del vino, que cuanto más a menudo nos enfrentamos a ellas, más agradables nos resultan?

Seguro que el hábito desempeña aquí su función. Me gusta compararlo con la capsaicina del chile. Esta molécula activa los receptores del dolor de la lengua y, por tanto, por definición, resulta desagradable; pero si te sirven un pollo vindaloo indio sin chile, seguramente no te gustará. Según nos haya condicionado nuestra cultura, varía lo que percibimos como doloroso, disonante o agradable. Acordes disonantes como el de séptima de dominante aparecen en tantas piezas musicales conocidas que ya nos hemos acostumbrado a oírlos. Hace unos siglos, el tritono aún se consideraba diabólico.

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