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Neurología de la percepción musical

¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando escuchamos los acordes de Johannes Brahms, Miles Davis o Elvis Presley? La investigación reciente pone de manifiesto que las personas perciben y procesan la música de formas muy distintas.

La música ha provocado emoción y entusiasmo en todas las épocas de la humanidad. Se muestra aquí un ejemplo gráfico de lo ocurrido al final de un concierto celebrado en 1864 en el Teatro Principal de Karlsruhe. [AKG BERLIN]

En síntesis

Durante tiempo se ha pensado que la música se procesa en el hemisferio cerebral derecho. Sin embargo, se ha visto que diferentes áreas del cerebro y según el individuo participan en esa función.

Tal disparidad obedece, por un lado, a la complejidad propia del fenómeno musical; por otro, a las experiencias personales con la música. Pero existen unas bases de procesamiento comunes.

Además de la corteza auditiva primaria y secundaria, en el procesamiento cerebral de la música intervienen circunvoluciones del lóbulo temporal izquierdo
y derecho.

Tras una intensa jornada laboral, me dejo seducir por mi pieza favorita, el segundo concierto de piano de Johannes Brahms. Al solo de viento de los dos primeros compases siguen los acordes de piano que ascienden con suavidad. Se me agolpan los recuerdos. Rincones de los bosques de Rottweil, estrofas de Eichendorff, la tarde estival en que, con dieciséis años, descubrí el concierto... El final de este tiempo, cuando el pianista va aumentando el volumen y la velocidad hasta la extenuación de sus fuerzas, me deja sin aliento. Siento el éxtasis embriagado del solista, que vuela por la partitura. Estremecedor.

Es imposible transmitir con palabras este tipo de vivencias musicales, tan intensas y subjetivas. En su novela En busca del tiempo perdido, Marcel Proust (1871-1922) describe la música como un medio de comunicación prehistórico que servía para estrechar vínculos sociales. Lo mismo que el lenguaje, la música forma también parte esencial de la cultura humana. Hace más de 35.000 años los hombres fabricaron los primeros instrumentos musicales: de percusión, flautas de hueso y birimbaos. Pero, ¿por qué empezaron a hacer música? ¿Qué provecho obtenían?

El lenguaje sirve para transmitir información de manera eficaz y exacta. Se debate, sin embargo, la ventaja evoluti­va de la música. Jaak Panksepp, inves­ti­gador en el dominio de las emociones, cifra el origen de la música en las expresio­nes de despedida de los primeros homínidos. En el mundo animal encontramos parejos recursos sonoros para establecer contacto entre madre e hijo o entre los miembros de un grupo. Las reacciones vegetativas que se sienten al oír música —el estremecimiento que recorre el cuerpo al escuchar un fragmento melódico especialmente emotivo— resultaron, según Panksepp, muy útiles desde el punto de vista biológico: si la cría oye la voz de la madre, se le erizan los pelos y le aportan calor. Todos hemos experimentado estremecimientos agradables causados por la música. Durante ese fenómeno se activa el sistema límbico de autorrecompensa, que suele asimilarse al placer sexual.

Probablemente, hubiera bastado ese carácter autorrecompensante para que el ser humano creara música hace miles de años. Pero esta comporta, además, otra ventaja práctica y evolutiva: ayuda a organizar la vida en grupo y a estrechar los lazos frente a posibles agresores. Cabe incluso que los primeros representantes de la especie humana se comunicaran a través de la música antes de la aparición del lenguaje. Si bien parece más plausible que ambos sistemas se desarrollaran a la vez, para separarse an­dando el tiempo. Los antropólogos consideran central su función fomentadora del sentido de colectividad, que vemos reflejado en los cantos asociados a determinadas tareas (canciones de tejedores, canciones de la cosecha) o los cantos de guerra (marchas). En fecha reciente los grupos juveniles tienden a identificarse con expresiones musicales características.

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