Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Enero de 2014
Neurociencia

Neurosida: alarma vírica en el cerebro

Millones de personas han muerto víctimas del sida. Su agente causal, el virus de la inmunodeficiencia humana, destruye ciertas neuronas del sistema nervioso, lo que provoca una demencia.

AG. FOCUS / SCIENCE PHOTO LIIBRARY / RUSSELL KEIGHTLEY

En síntesis

El agente del sida ataca las células inmunitarias, de manera que destruye el escudo protector del organismo humano.

El VIH llega también al cerebro y lesiona tanto directa como indirectamente las neuronas, lo que da lugar a una demencia.

Existen medicamentos capaces de enlentecer la replicación del virus, pero no de frenarlo por completo. Las citocinas desempeñan una función importante en los ataques del VIH en el cerebro de los pacientes, por lo que las nuevas estrategias terapéuticas se centran en ellas.

En 1980, un auxiliar de vuelo canadiense advirtió una mancha oscura en la piel. Al principio no le dio excesiva importancia, hasta que su médico le diagnosticó una forma especial de cáncer que, por lo común, aparece cuando existe una debilitación del sistema inmunitario. En 1984, el auxiliar de vuelo falleció, y entró a formar parte de la historia de una epidemia mortal con el sobrenombre de «paciente 0».

Más o menos por esa época aumentaron en Estados Unidos y en Europa los casos de personas con una enfermedad que, en principio, parecía que solo afectaba a hombres homosexuales como el «paciente 0». Las defensas inmunitarias de los afectados se encontraban destruidas por completo, con las dramáticas consecuencias que ello comportaba; entre estas, infecciones incurables. Al inicio, la causa resultó enigmática. No obstante, al enfermar personas que habían recibido transfusiones de sangre, se extendió la hipótesis de que el origen del déficit inmunitario podría residir en un virus. En 1982, la novedosa enfermedad recibió el nombre de síndrome de inmunodeficiencia adquirida, abreviado, sida.

Un año después, un grupo dirigido por François Barré-Sinoussi y Luc Montagnier, del Instituto Pasteur de París, presentó imágenes obtenidas mediante microscopía electrónica de un virus que se había detectado en células de ganglios linfáticos de un paciente con sida. En 1984, los investigadores franceses demostraron que se trataba del agente buscado. Por esas mismas fechas, el virólogo Robert Gallo, del Instituto Nacional de la Salud en Bethesda, anunciaba que había hallado el virus. No fue hasta 2008 cuando el Comité de Premios Nobel puso fin a la pugna por el honor de ser el primer descubridor del agente infeccioso. El jurado concedió a Barré-Sinoussi y a Montagnier el premio Nobel de medicina, por lo que Gallo quedaba apartado del terreno. Fuera de esta polémica, en 1985, un grupo internacional dedicado a la taxonomía vírica acordó un término para el causante del sida: virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

Casi treinta millones de personas han muerto por la insólita infección al cabo de más de un cuarto de siglo. Aunque un tratamiento medicamentoso consigue controlar en cierta medida el desarrollo de la enfermedad, todavía no existe una curación definitiva para el sida.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.