Arquitectura con cabeza

La psicología y la neurociencia ayudan a idear espacios urbanos que contribuyan a la creación, al aprendizaje, a la relajación y a la salud.

El diseño de los edificios y su entorno influyen en la creatividad, estimulación, concentración y relajación de sus habitantes. [Getty Images / metamorworks / iStock]

En síntesis

Los arquitectos intuyen desde hace tiempo que los lugares donde habitamos condicionan pensamientos, sensaciones y comportamiento. En la actualidad, los científicos conductistas apoyan sus presentimientos en bases empíricas.

Se busca el diseño de espacios que estimulen la creatividad, mantengan la concentración y atención de los estudiantes, y favorezcan la relajación y la cercanía social. El resultado afecta a aspectos arquitectónicos: altura de los techos, vistas al exterior, forma del mobiliario, tipo de alumbrado, entre otros.

Los trabajos conducen a proyectos de vanguardia: residencias geriátricas para afectados de demencia en las que el propio edificio es parte del tratamiento.

En la década de los cincuenta, el galardonado biólogo Jonas Salk (1914-1995) investigaba remedios para la poliomielitis en un oscuro laboratorio de un sótano de Pittsburgh. Ante la lentitud con que avanzaba, Salk decidió viajar a Asís, en Italia, para despejarse la mente. Allí, deambulando sin prisas entre las columnas y claustros de la medieval basílica franciscana, le invadieron intuiciones nuevas, entre ellas, la que le conduciría a su exitosa vacuna contra la poliomelitis. Salk estaba convencido de que debía su inspiración al entorno contemplativo que le rodeaba. Llegó a creer con tal intensidad en la influencia de la arquitectura en la mente que se asoció con el arquitecto Louis Kahn (1901-1974) con el objetivo de construir el Instituto Salk en La Jolla, un centro científico ideado para estimular la investigación y fomentar la creatividad.

Desde hace tiempo, los arquitectos intuyen que el ambiente condiciona aquello que pensamos, sentimos y hacemos. Hoy, medio siglo después de la inspiradora excursión de Salk, los científicos conductistas apoyan tales presentimientos en datos empíricos. Aportan ideas seductoras para el diseño de espacios que estimulen la imaginación y mantengan la concentración y la conciencia de los estudiantes, a la vez que favorezcan la relajación y la cercanía social. Ciertas instituciones, como la Academia de Neurociencia para la Arquitectura en San Diego, alientan una investigación interdisciplinaria sobre los efectos de un entorno concreto en la mente; también existen escuelas de arquitectura que ofrecen clases de introducción a la neurociencia.

Iniciativas de ese tipo ya han penetrado en el diseño y cristalizado en proyectos de vanguardia, como las residencias geriátricas en las que el propio edificio forma parte del tratamiento. De manera análoga, la escuela Kingsdale de Londres fue rediseñada, con ayuda de psicólogos, para estimular la cohesión social. Su estructura contiene, además, elementos que favorecen la creatividad y la agudeza mental. Esto no es más que el principio: David Allison, arquitecto director del programa Arquitectura y Salud en la Universidad de Clemson, afirma que la investigación en ciernes podría ilustrarnos aún mejor sobre los efectos del entorno construido en nuestra salud y bienestar, y cómo actuamos y sentimos dentro de ese ambiente.

Pensamientos elevados

Cien años atrás se acometieron investigaciones formales sobre la interacción humana con el entorno construido. Diversos grupos analizaron la influencia que ejercía el diseño de los hospitales, sobre todo de las dependencias psiquiátricas, en las conductas y los resultados de los pacientes. Los decenios de 1960 y 1970 vieron florecer el campo de la psicología ambiental.

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