El influjo de la ciudad

La masificación en las urbes no cesa de aumentar. A su vez, crecen los hallazgos científicos de que la vida en las aglomeraciones repercute sobre la salud mental. ¿Qué sucede en el encéfalo de los urbanitas?

Masa anónima: Las aglomeraciones y el ajetreo caracterizan la vida en la ciudad. [Getty Images / René Mansi / iStock]

En síntesis

Las personas que moran en lugares masificados padecen trastornos mentales (depresión o esquizofrenia) con mayor frecuencia que las provenientes de entornos rurales.

El estrés social provoca, sobre todo a los habitantes de las grandes ciudades, una mayor activación de la amígdala y de la corteza cingulada anterior pregenual. Dichas áreas cerebrales desempeñan una función destacada en la vida emocional.

Es probable que la sobrecarga producida por la vida urbana altere la fisiología cerebral: aumenta el riesgo de padecer enfermedades psiquiátricas.

Los cambios culturales intensos del Renacimiento, la Revolución industrial y, sí, también las corrientes políticas de los siglos xix y xx hubieran sido impensables sin la existencia de las ciudades. La urbanización es, seguramente, uno de los cambios de mayor magnitud acometidos por la humanidad. Hoy en día, más de la mitad de la población mundial habita en urbes; en el 2050 la proporción alcanzará los dos tercios. Mientras Europa y Norteamérica se hallan ya suficientemente urbanizadas, ese proceso será rápido y determinante durante los próximos años en Sudamérica y Asia. En China crecen cada año megaciudades de más de diez millones de personas.

¿Es sana la vida en la ciudad? A primera vista, la respuesta parece afirmativa: en comparación con los habitantes del campo, la economía de los urbanitas resulta algo más boyante —al menos, según el promedio mundial—, disponen de más recursos en servicios sanitarios, además de una mayor oferta para alimentarse. Sin embargo, la otra cara de la realidad muestra que los ciudadanos de grandes ciudades soportan más ruido, viven en un espacio considerablemente más reducido y sufren un continuo ajetreo. A ello debe añadirse la fragmentación social así como la pérdida de figuras familiares de referencia. Tal cóctel de circunstancias ofrece un complejo sistema de factores de riesgo a la vez que protectores, cuyos mecanismos de acción biológicos y psicológicos todavía deben comprenderse.

Desde hace diversas décadas se sabe que la vida en una gran ciudad perjudica la salud mental. Algunas enfermedades mentales graves se manifiestan de forma más intensa en un entorno urbano. Aquellas personas que nacieron y vivieron su primera infancia en una urbe presentan mayor riesgo de esquizofrenia. Tras validar diez estudios, Lydia Krabbendam y Jim van Os, ambos de la Universidad de Maastricht, hallaron al comparar a individuos nacidos en espacios urbanos con otras provenientes de zonas rurales que los primeros se encontraban expuestos a un riesgo al menos dos veces mayor de sufrir dicho trastorno psiquiátrico. Otros investigadores elevan la proporción incluso a un triple de posibilidades.

Los datos se consideran fiables; no obstante, dejan la puerta abierta a una pregunta clave: ¿Cuáles son las causas subyacentes? Una posible primera aproximación apuntaría a que las áreas metropolitanas atraen a las personas con mayor riesgo de padecer una enfermedad mental o con algún trastorno psicológico notorio; o que los sujetos condicionados por la enfermedad rara vez se trasladan al campo. Los epidemiólogos descartan, por lo general, tales hipótesis de deriva. Por tanto, debemos suponer que la propia ciudad contiene características que incrementan el riesgo de padecer alguna enfermedad mental.

¿De qué factores podría tratarse? El ruido del tráfico o la contaminación del aire aparecen como dos posibles respuestas. Sin embargo, Van Os y Selten señalan con convicción que existe otro fenómeno aún más relevante: el estrés social.

Numerosos estudios epidemiológicos así lo constatan. Stanley Zammit, de la Universidad de Cardiff, y su equipo mostraron en 2010 en una investigación con 200.000 habitantes de Suecia que el riesgo de padecer esquizofrenia dependía de factores individuales (la condición de inmigrante o el salario), los cuales a su vez se relacionaban con el tamaño de la ciudad. Los participantes que presentaban un riesgo mayor de padecer un trastorno eran aquellos que se sentían alienados y aislados en su barrio (los inmigrantes, por ejemplo).

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