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1 de Agosto de 2013
Neurociencia

Romper la barrera cerebral

Una nueva concepción de la barrera hematoencefálica como un órgano vivo y mutable puede revolucionar el tratamiento de enfermedades como el cáncer y el alzhéimer.

EMILY COOPER

En síntesis

Durante más de un siglo se había pensado que la barrera hematoencefálica constituía un muro infranqueable. En realidad está compuesta por vasos sanguíneos normales con una propiedad extraordinaria: las células que forman su pared se hallan tan unidas que solo dejan pasar unas pocas sustancias al cerebro.

La barrera es un órgano vital, con una intensa actividad, donde las células se comunican entre sí para decidir a qué moléculas permiten el paso y cuáles no. Existen muchas más células que atraviesan la barrera de lo que se pensaba.

Para reflejar este nuevo enfoque, los expertos han definido la barrera hematoencefálica como una unidad neurovascular. Muchos creen que aprender el modo de abrirla y cerrarla representa la clave que llevará a curar múltiples enfermedades.

A finales de 1800, mientras Paul Ehrlich realizaba uno de sus famosos experimentos de tinción (como el que le llevaría a descubrir una cura para la sífilis y a ser merecedor del premio Nobel en medicina), se tropezaría con un enigma que se prolongaría hasta nuestros días. Tras inyectar tinta en el torrente sanguíneo de un ratón, esta penetró en todos los órganos excepto en el cerebro. En el microscopio observó cómo los riñones, el hígado y el corazón cambiaban, de forma clara y bien delimitada, a un color azul púrpura oscuro, mientras que el cerebro mantenía un tono amarillo blanquecino. Cuando uno de sus estudiantes inyectó la misma tinta directamente al cerebro, sucedió lo contrario: el cerebro se volvió azul, pero ninguno de los otros órganos varió de color. El estudiante pensó que sin duda existiría una barrera entre el cerebro y la sangre.

Debió transcurrir más de medio siglo y utilizarse un microscopio 5000 veces más potente que el empleado por Ehrlich para poder localizar la barrera oculta en los vasos sanguíneos del cerebro. El cerebro humano contiene en promedio unos 600 kilómetros de dichos vasos, los cuales se doblan y tuercen en un sinfín de bucles enmarañados para irrigar cada una de los 100.000 millones de neuronas que lo forman. Las paredes de los vasos de todo el cuerpo están recubiertas por células endoteliales, pero en el cerebro se hallan mucho más juntas que en ningún otro lugar. De ahí que ni la tinción de Ehrlich ni la mayoría de los medicamentos que existían por entonces pudieran pasar del torrente sanguíneo al cerebro.

Mucho antes de poder visualizarla, los médicos la veneraban o trataban de evitarla. «Durante siglos la hemos visto como un muro», dice Lester Drewes, biólogo vascular de la Universidad de Minnesota y especialista en la barrera hematoencefálica. De común acuerdo, se aceptaba que estaba allí por alguna razón que no debía cuestionarse.

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