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1 de Diciembre de 2010
Neurociencia

En busca de una cura para el autismo

Ante la falta de soluciones médicas, los padres de niños autistas acuden a terapias poco fiables y, en ocasiones, arriesgadas.

TIMOTHY ARCHIBALD

En síntesis

Hasta un 75 por ciento de los niños autistas reciben terapias alternativas cuya eficacia nunca ha sido evaluada científicamente.

Algunos profesionales recetan fármacos cuyo uso sólo ha sido aprobado para el tratamiento de otras enfermedades, con graves efectos secundarios y cuya seguridad y eficacia en casos de autismo jamás se han investigado.

En la última década, la financiación estadounidense al respecto ha aumentado en un 15 por ciento anual. A ello han contribuido un aumento en la demanda de tratamientos comprobados y una mayor concienciación.

Las variaciones genéticas recién descubiertas en niños con autismo quizás apunten a una causa, si bien las terapias asociadas aún podrían demorarse años.

Jim Laidler y su mujer comenzaron a buscar ayuda cuando a su hijo mayor, Benjamin, le fue diagnosticado autismo. Pero los neurólogos desconocían la causa de la enfermedad y la manera en la que evolucionaría su hijo. Nadie les decía: "Esta es la causa y aquí tienen el tratamiento".

Sin embargo, tras consultar en la Red, ese matrimonio de Portland halló docenas de tratamientos "biomédicos" que prometían mejoras o incluso la curación del mutismo, los problemas de relación social y las dificultades motrices de Benjamin. Así las cosas, intentaron algunas terapias con su hijo. Empezaron con vitamina B6 y magnesio, dimetilglicina y trimetilglicina (suplementos nutricionales), vitamina A, secretina (hormona digestiva), dietas sin gluten ni caseína e incluso con la quelación (tratamiento farmacológico que purga el cuerpo de plomo y mercurio). Esos supuestos tratamientos le fueron aplicados asimismo a David, hermano pequeño de Benjamin y también diagnosticado con autismo.

La quelación no parecía servir de mucho. Si la secretina ejercía algún efecto, no era fácil de identificar. Las dietas parecían prometedoras, de modo que la familia cargaba a todas partes con comida especial. Los padres daban a los chicos docenas de suplementos y ajustaban una y otra vez las dosis ante cada cambio de conducta.

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