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Alimentación y efecto invernadero

La producción de carne de vacuno para consumo humano acarrea unos costes ambientales sorprendentes: la liberación de cantidades ingentes de gases de invernadero.

ANDY POTTS

En síntesis

La producción de vacuno genera gases de invernadero que contribuyen trece veces más al calentamiento global que los gases emitidos por la producción de pollo. En el caso de las patatas el factor es 57.

El consumo de carne de vaca crece a un ritmo vertiginoso debido al crecimiento de la población y al aumento del consumo de carne per cápita.

La producción de la dieta media anual de carne de vaca de un estadounidense emite la misma cantidad de gases de invernadero que la circulación de un coche a lo largo de más de 110 km.

La mayoría somos conscientes de que los automóviles, la energía eléctrica generada por carbón y las fábricas de cemento perjudican el medio. Los alimentos que comemos, en cambio, se habían mantenido hasta hace poco al margen del debate ambiental. Sin embargo, según un informe de 2006 de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), los componentes de nuestra dieta y, en concreto, la carne, arrojan más gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, etcétera) a la atmósfera que el transporte o la industria.

Los gases de efecto invernadero captan energía solar y calientan la superficie terrestre. Dado que la potencia de efecto invernadero varía de un gas a otro, el efecto invernadero de un gas se expresa en términos de "equivalentes de CO2", es decir, la cantidad de dióxido de carbono necesaria para producir un calentamiento global equivalente.

Según el informe de la FAO, los niveles actuales de producción de carne suponen entre un 14 y un 22 por ciento de los 36.000 millones de toneladas del «equivalente de CO2» de gases de efecto invernadero que se producen anualmente en el mundo. La producción de una hamburguesa de casi 1/4 kg para un almuerzo (un trozo de carne del tamaño de dos barajas de cartas) libera a la atmósfera la misma cantidad de gases de invernadero que la circulación de un coche de 1400 kg a lo largo de 15 kilómetros.

Todos los alimentos que consumimos, verdura y fruta incluidas, conllevan costes ambientales ocultos: transporte, refrigeración y combustible para el cultivo, así como emisiones de metano de plantas y animales. Todo ello provoca una acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Tomemos por botón de muestra los espárragos: en un informe elaborado para la ciudad de Seattle, el grupo encabezado por Daniel J. Morgan, de la Universidad de Washington, descubrió que cultivar en Perú 1/4 kg de esa hortaliza acarrea la emisión de gases de invernadero equivalentes a 35 g de CO2 (resultado de la aplicación de insecticidas y abonos, del bombeo de agua y del uso de maquinaria agrícola pesada y de alto consumo de gasolina). Refrigerar y transportar las verduras hasta una mesa norteamericana genera el equivalente a otros 60 g de CO2 de gases de invernadero. En total, 95 g de equivalentes de CO2.

Pero eso no es nada comparado con la carne de vacuno. En 1999, Susan Subak, entonces en la Universidad de East Anglia, descubrió que, según el tipo de explotación ganadera, las vacas emitían entre 70 y 135 g de metano por cada 450 g de carne de vacuno que producían. Dado que el metano tiene unas 23 veces el potencial de calentamiento global del CO2, esas emisiones equivalen a liberar a la atmósfera entre 1,6 y 3 kg de CO2 por cada 450 g de carne de vacuno producida.

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