Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Especial
  • Noviembre 2018Nº 38

Psicología

El autoengaño

¿Es sensato mantenerse ciego y sordo ante fenómenos que afectan a la propia persona? Sí, puesto que con ello protegemos y estabilizamos la autoimagen.

Menear

Según ciertas encuestas, el 94 por ciento de los profesores universitarios de Estados Unidos cree que desempeña su trabajo mejor que sus compañeros. Y uno de cada cuatro estudiantes se muestra convencido de que pertenece al porcentaje de mayor rendimiento del alumnado, pero apenas dos tercios de los habitantes de EE.UU. pertenecen a la mitad más inteligente de la población. En Suecia, el 77 por ciento de los estudiantes declara que conduce de un modo más seguro que la media. Los resultados de otra encuesta confirman que tres de cada cuatro jugadores de ajedrez consideran que la lista de clasificación subestima su potencial como ajedrecista.

En definitiva, numerosos estudios psicológicos reflejan que los humanos tendemos a vernos a nosotros mismos bajo un prisma demasiado positivo. Dicho de otro modo, en nuestra especie el autoengaño resulta usual. Sin embargo, esta visión distorsionada puede tornarse en problemática cuando la desviación de la realidad resulta exagerada y conlleva consecuencias negativas o destructivas. Es el caso de una persona que a sus 50 años y sin entrenamiento previo cree que puede correr una maratón; se arriesga, en razón de su autoengaño, al colapso físico.

Para investigar el sentido y la finalidad del autoengaño se emplean experimentos mentales. Entre ellos se encuentra el del marido engañado: Pedro está casado con Petra, quien con frecuencia visita por la tarde a su amiga Tania, que vive en la ciudad, según cuenta Petra a su esposo. Una de esas tardes, Pedro encuentra a Tania corriendo por el parque sin Petra. En otra ocasión ve a su esposa sentada con un hombre en una cafetería. Sin embargo, Pedro no duda de la fidelidad de su pareja. «Últimamente sale mucho con Tania; a veces incluso se queda en la ciudad aunque Tania le dé plantón a última hora. Petra nunca me engañaría», se dice a sí mismo.

El autoengaño funciona como una suerte de ceguera ante los hechos evidentes. ¿No es insensata esta perspectiva de «no querer admitir»? La respuesta parece más sencilla de lo que es. Engañarse a sí mismo puede resultar completamente razonable, pues se basa en un proceso racional de ponderación.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados