Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Junio de 1995
Ecología

La ecología, entre la vida real y la física teórica

En la búsqueda de un estatuto científico para la ecología se sugiere una reinterpretación de la forma usual de introducir la noción termodinámica de entropía.

En el ecosistema, los individuos de distintas especies y cuyas funciones se entrecruzan de manera diversa, presentan ciertos rasgos comunes en sus «maquinarias» respectivas, que derivan de un parentesco más o menos lejano o de una compatibilidad probada a través de la historia. [Tomado de Concealing Coloration in the Animal Kingdom, 1909, de Gerald H. Thayer.]

Se quejan los ecólogos de la trivialización que sufre su disciplina en los medios de comnicación, confundida con un sentimiento ambientalista hoy de moda. Parte de la culpa, sin embargo, podría recaer en la configuración aparente de la ecología, que se diría falta de coherencia interna y nervio teórico.

Conviene, digámoslo de entrada, considerar los organismos y los sistemas formados por éstos en un ambiente de características definidas, los ecosistemas, como si de máquinas se tratara. O con mayor propiedad, como sistemas disipativos abiertos, al estilo de una llama o de un tornado. Organismos y ecosistemas desarrollan trabajo a partir de diversas energías, entre las cuales la más importante es la solar, que en la vida se convierte pronto en energía de los enlaces químicos. En los ecosistemas, además, no puede prescindirse de la energía del clima (viento, movimientos de agua). Este artículo parte de esas exigencias elementales, con un triple propósito.

En primer lugar, queremos señalar que hay dominios, dentro de la ecología, en los que la aproximación académica al uso, que suele valorar exageradamente la asimilación de los compuestos de carbono por los organismos y las relaciones entre depredador y presa, no basta para responder ni a lo que pide cualquier descripción teórica eficaz, ni a las exigencias prácticas de manipulación o intervención humana.

En segundo lugar, no resulta fácil para el ecólogo preparar balances correctos de entradas y salidas de energía para aquellos organismos que pueden utilizar un espectro energético muy amplio, incluidas las energías externas, o exosomáticas; estas energías suelen operar en un espacio periférico a los organismos, aunque generalmente interior al ecosistema, espacio del que las especies se apropian o asimilan en grado diverso. Se trata de un aspecto crucial. Pensemos, por ejemplo, en el retorno de agua a la atmósfera, a través de las plantas de un bosque, es decir, en la energía de evapotranspiración. Este proceso de intercambio gaseoso puede organizarse a la manera de un conjunto de células de Bénard que estuvieran dotadas de una rigidez especial de origen histórico, mantenida, en este caso, por la posición de los troncos. (Las células de Bénard son celdillas convectivas con una geometría de prismas poligonales de eje vertical que se forman espontáneamente cuando una capa delgada de fluido, con una superficie libre y horizontal, se calienta por debajo.) Un modelo, quizá más general, de cooperación entre energías diversas está presente en la continuidad de la vida suspendida en el agua; la persistencia de individuos allí depende del retorno de elementos nutritivos a la parte iluminada de la columna de agua, que, a su vez, es función de los movimientos del agua, en remolinos o en otras formas de circulación.

En tercer lugar, según una importante línea de pensamiento que nos viene de la física teórica, para reconocer como información cualquier cambio asociado a una disipación de energía, se requiere un observador que levante acta. En propiedad, el observador será un organismo vivo, y lo que hemos llamado levantar acta, expresión sinónima de asimilar o integrar una información, acota probablemente lo más característico de la vida en su escala de dimensiones mínima: el cuanto de energía que se reconoce como el mínimo elemento de cambio y, por tanto, potencialmente de información.

 

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.