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1 de Junio de 2015
Radiactividad

El impacto ecológico de la catástrofe de Fukushima

Aún se sabe muy poco sobre los efectos de la radiación de baja intensidad en los seres vivos y los ecosistemas. Cuatro años después del accidente nuclear, los especialistas comienzan a obtener respuestas.

Cafetería asolada por el maremoto en la zona restringida. [Steven Featherstone]

En síntesis

Casi tres décadas después del desastre nuclear de Chernóbil, varios estudios parecen indicar que la fauna y la flora de la región se han recuperado sorprendentemente bien.

Con todo, esa conclusión está basada en muy pocos datos. Aún existe un gran desconocimiento sobre los efectos que provoca en los seres vivos una exposición a dosis bajas de radiación.

La fusión del reactor de Fukushima Daiichi, hace cuatro años, ha brindado una nueva oportunidad para estudiar la cuestión. Los primeros resultados revelan daños en la biota de la zona.

En 1986, la explosión de un reactor nuclear en Chernóbil esparció por el hemisferio boreal una lluvia radiactiva equivalente a 400 bombas de Hiroshima. Hasta entonces, los científicos ignoraban casi todo sobre los efectos de la radiación en la fauna y la flora. La catástrofe creó un laboratorio viviente; sobre todo, en los más de 2800 kilómetros cuadrados más próximos a la central, conocidos como zona de exclusión.

Ocho años después, los catedráticos de biología de la Universidad Politécnica de Texas Ronald Chesser y Robert Baker fueron de los primeros científicos estadounidenses que lograron un acceso completo a la zona. «Era un lugar espeluznante; realmente radiactivo», recuerda Baker. «Pero, cuando capturamos un puñado de topillos, vimos que parecían tan sanos como la maleza. Aquello nos dejó estupefactos.» Al secuenciar el ADN de los roedores, los expertos no hallaron tasas de mutación anormales. También vieron lobos, linces y otras especies antaño raras, las cuales vagaban por la zona como si de una reserva atómica se tratase. Veinte años después de la catástrofe, el Fórum de Chernóbil, fundado en 2003 por un grupo de agencias de la ONU, publicó un informe que refrendaba dicha opinión. El documento afirmaba que las condiciones ambientales habían ejercido un «impacto positivo» en la biota de la zona, transformándola en un «santuario de biodiversidad único».

Sin embargo, un lustro después de que Baker y Chesser peinasen la zona en busca de topillos, Timothy A. Mousseau visitó Chernóbil para censar aves y halló indicios de lo contrario. Mousseau, catedrático de biología de la Universidad de Carolina del Sur, y Anders Pape Møller, hoy director de investigación en el Laboratorio de Ecología, Sistemática y Evolución de la Universidad de París-Sur, estudiaron la situación de Hirundo rustica, la golondrina común. Hallaron muchas menos en la zona, y las que encontraron tenían una menor esperanza de vida, una fertilidad reducida (en machos), un cerebro más pequeño, tumores, albinismo parcial (un tipo de mutación genética) y una mayor incidencia de cataratas. En más de 60  artículos publicados durante los últimos 13 años, Mousseau y Møller han defendido que la exposición a dosis bajas de radiación ha repercutido de forma negativa en toda la biosfera de la región, de los microorganismos a los mamíferos y de los insectos a las aves.

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