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  • Diciembre 2018Nº 39

Salud pública

Freno al dengue

La vacunación del mosquito transmisor con una bacteria común se convierte en una nueva táctica contra la enfermedad.

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El mejor momento del día para soltar mosquitos en el norte de Australia es a media mañana. Más tarde, el viento los dispersaría y se esfumaría toda esperanza de que hallaran pareja. Si se hiciera más temprano, el personal que transporta los recipientes llenos de mosquitos hasta los puntos de suelta tendría que percibir horas extras. Así que, en una sofocante mañana de enero, en plena canícula austral, me puse al volante de mi furgoneta blanca en compañía de miles de mosquitos encerrados en vasos de plástico en el asiento trasero.

En 2011, una vez a la semana durante tres meses, hicimos trayectos como el relatado para liberar mosquitos. Nos concentramos en dos barriadas de la ciudad de Cairns, un frecuentado destino turístico cercano a la Gran Barrera de Coral. En una cuarta parte de las casas, cuyos residentes habían accedido a participar en el experimento, tomábamos un vaso de la furgoneta, lo abríamos y soltábamos el medio centenar de mosquitos del interior.

No se trata de los mosquitos corrientes que revolotean en su jardín. Cada uno está infectado con un microbio llamado Wolbachia, una bacteria que habita en células de insectos. El rasgo que más nos interesa de Wolbachia es su capacidad de paralizar la multiplicación del virus del dengue en el cuerpo del mosquito. Como el virus no puede reproducirse, el mosquito no puede transmitirlo con su picadura y la enfermedad no se propaga.

Los mosquitos infectados con la bacteria suponen una táctica indirecta para luchar contra el dengue, pero lo cierto es que no hay muchas más opciones. El dengue, apodado en inglés «fiebre rompehuesos» por el intenso dolor muscular y articular que causa, afecta a 390 millones de personas cada año. Sin cura ni tratamiento, la estrategia principal ha consistido en combatir a Aedes aegypti, el mosquito transmisor del virus. Pero los insecticidas al uso, como el temefós, han perdido gran parte de su eficacia debido a que los mosquitos han desarrollado resistencia al compuesto. Las mosquiteras también resultan inútiles porque A. aegypti se alimenta durante el día. En la actualidad, una de las herramientas más prometedoras para frenar la propagación del dengue —y tal vez también la del paludismo y de otras enfermedades transmitidas por la picadura de estos insectos— parece ser la diseminación de Wolbachia entre los mosquitos silvestres.

Wolbachia no es un candidato evidente como medio de lucha contra el dengue. De natural, no se halla en los principales mosquitos transmisores de la enfermedad. De hecho, es preciso infectar los mosquitos artificialmente, en el laboratorio. En otras palabras, con Wolbachia inmunizamos los mosquitos contra el dengue y, después, los liberamos con la esperanza de que traspasen la bacteria a su descendencia. Aquella resulta benigna para los mosquitos y para el entorno, aunque tal vez reduzca el tamaño de la puesta. Pero las ventajas que puede reportar son indudables: si los mosquitos infectados con Wolbachia acaban predominando, la incidencia del dengue en la población humana debería descender.

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