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1 de Abril de 2014
Técnica

La vulnerabilidad de los drones

Puede que pronto escuadrillas de aeronaves no tripuladas surquen los cielos con fines civiles. Sin embargo, varios fallos de seguridad permiten secuestrarlas con técnicas simples.

DAN WINTERS

En síntesis

Se prevé que, hacia 2020, más de 10.000 aeronaves no tripuladas surquen los cielos de EE.UU. en labores de vigilancia y rescate, control de redes eléctricas y otras tareas debido al ahorro que supondrá prescindir de los pilotos.

El uso de estos vehículos plantea toda clase de problemas de seguridad para las que los organismos reguladores aún no están preparados. Sus cometidos tradicionales deberán ampliarse para impedir el secuestro de las aeronaves y otros percances.

Será necesario desarrollar medios técnicos que garanticen la estabilidad de las comunicaciones con tierra. Las nuevas regulaciones también deberán afrontar otras cuestiones, como las relacionadas con la privacidad.

El 2 de agosto de 2010, un helicóptero de la Marina estadounidense sobrevolaba perezosamente el restringido espacio aéreo que se extiende sobre la capital del país. El acontecimiento podría no haber pasado de una anotación rutinaria en los registros de tráfico aéreo del Aeropuerto Nacional Ronald Reagan, de no ser por un detalle inquietante: en el aparato no viajaba nadie. Carecía de ventanas y su cabina solo contenía instrumentación electrónica. Era un vehículo aéreo no tripulado (VANT) o, más conocido ahora, dron (de drone, «zángano» en inglés).

El Fire Scout MQ-8B, de 1429 kilogramos y 9,7 metros de largo, había sufrido lo que los encargados de investigar el caso llamarían después un «problema de programación»: una caída de las comunicaciones con el equipo de operadores que, impotentes, permanecían en una sala de control de la estación aeronaval de Patuxent River, en el estado de Maryland. Para empeorar las cosas, el dron incumplió las instrucciones preprogramadas que, en una situación así, debían hacer que regresara a la base. El Fire Scout, destinado al reconocimiento de buques de guerra, había invadido el mismo espacio aéreo que usa el Air Force One (el avión oficial del presidente de EE.UU.) en sus despegues y aterrizajes.

Tras media hora de nerviosismo, los operadores lograron restablecer la comunicación y recuperaron el control del objeto. Más tarde, un alto cargo de la Marina trataría de resaltar el lado bueno del incidente subrayando el buen comportamiento de la aeronave durante aquel desvío inesperado. El sistema de pilotaje automático, por ejemplo, la mantuvo volando en línea recta y en un mismo plano.

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