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1 de Enero de 2016
Tecnología

Robots empáticos

Antes de que podamos compartir nuestras vidas con máquinas, debemos enseñarlas a comprender e imitar las emociones humanas.

ZOHAR LAZAR

En síntesis

Cuando nos relacionemos más con máquinas controladas por voz y gestos, confiaremos en que reconozcan nuestras emociones y comprendan rasgos complejos de la comunicación, como el humor, el sarcasmo y la intención.

Para hacer posible tal comunicación, tenemos que dotar a las máquinas con un módulo de empatía, esto es, un software que extraiga señales emocionales del habla y la conducta humanas y dirija una respuesta acorde en un robot.

Las investigaciones sobre robots empáticos están en sus comienzos, pero los científicos ya usan técnicas de tratamiento de señales, algoritmos de aprendizaje automático y herramientas de análisis de sentimientos para crear robots virtuales que puedan «comprender» las emociones humanas.

«Lo siento, no le he oído».

Estas fueron tal vez las primeras palabras empáticas de una máquina comercial. A finales de los años noventa, la empresa de Boston SpeechWorks International comenzó a suministrar un software de atención al cliente programado para usar esta y otras frases semejantes. Durante el tiempo transcurrido desde entonces, nos hemos acostumbrado a hablar con máquinas. Casi todas las llamadas a una línea de atención al cliente comienzan con una conversación con un robot. Cientos de millones de personas llevan un asistente personal inteligente en su bolsillo. Podemos pedir a Siri y a otros asistentes análogos que encuentren un restaurante, llamen a nuestros amigos o busquen una canción y la reproduzcan. Tienen la capacidad de simular una conducta inquietantemente humana. (Humano: «Siri, ¿me quieres?» Siri: «No soy capaz de amar».)

Pero las máquinas no siempre responden como nos gustaría que lo hiciesen. El programa de reconocimiento del habla comete errores. Las máquinas no suelen comprender las intenciones. No captan ni emoción, ni humor, ni sarcasmo, ni ironía. Si en el futuro vamos a emplear más tiempo interaccionando con ellas, sean aspiradoras inteligentes o enfermeras robóticas humanoides, necesitaremos que hagan algo más que entender nuestras palabras: nos tendrán que interpretar. Dicho de otro modo, necesitaremos que nos «comprendan» y compartan nuestras emociones. Que posean empatía.

En mi laboratorio de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong estamos desarrollando ese tipo de máquinas. Los robots empáticos pueden ofrecer una gran ayuda a la sociedad. No funcionarán como simples asistentes; serán compañeros. Resultarán amistosos y amables, y se anticiparán a nuestras necesidades físicas y emocionales. Aprenderán de sus interacciones con los humanos. Mejorarán nuestra vida y harán más eficiente nuestro trabajo. Se disculparán por sus errores y pedirán permiso antes de actuar. Cuidarán de las personas mayores y enseñarán a nuestros hijos. Podrían incluso salvar nuestra vida en situaciones críticas sacrificándose ellos mismos en esa acción, lo que representaría un acto de suprema empatía.

Ya existen en el mercado algunos robots que imitan las emociones. Uno de ellos es Pepper, un pequeño humanoide construido por la empresa francesa Aldebaran Robotics para la compañía japonesa Softbank Mobile; y Jibo es un robot asistente personal de sobremesa de tres kilogramos diseñado por un grupo de ingenieros, entre ellos Roberto Pieraccini, antiguo director de técnicas de diálogo en SpeechWorks. El campo de la robótica empática se halla aún en sus inicios, pero van surgiendo herramientas y algoritmos que mejorarán sumamente estas máquinas.

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