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Enfermedades infecciosas

A la espera de la explosión

La creación artificial de virus de la gripe aviar que podrían propagarse entre los humanos ha dado encendido un debate sobre la necesidad de proteger a la población frente a la libertad para investigar.

Kyle Bean y Sam Hofman

En síntesis

Las aves constituyen el reservorio natural de los virus de la gripe que a veces se transmiten a los humanos. Las cepas H5N1 despiertan especial preocupación entre los virólogos, ya que pueden causar una elevada mortalidad en las pocas personas que infectan, a partir, sobre todo, del contacto directo con las aves.

Tras los atentados del 11-S, la inversión estadounidense en defensa se disparó, lo que ha permitido crear en el laboratorio cepas del H5N1 que son transmisibles entre los mamíferos.

Ello ha dado pie a un debate entre los expertos en biodefensa, quienes avisan del riesgo potencial de las nuevas cepas del H5N1 y desean aplicar restricciones a su investigación, y los científicos, quienes opinan que ese tipo de estudios mejoraría la vigilancia de brotes naturales y su censura conllevaría más daños que beneficios.

Las gallinas ya padecían la enfermedad cuando Yoshihiro Kawaoka llegó a EE.UU., en agosto de 1983. Pocos meses antes, en abril, un virus de la gripe aviar había aparecido en las granjas avícolas del este de Pensilvania, pero los veterinarios lo habían considerado de baja patogenicidad, es decir, hacía enfermar a las aves pero apenas mataba a algunas de ellas. Sin embargo, mientras el virus se extendía por las granjas avícolas, se formó una cepa nueva. Las gallinas empezaron a morir en grandes cantidades y los granjeros comenzaron a temer por su medio de vida. El estado llamó al Departamento de Agricultura de EE.UU., que estableció un centro de mando y control temporal en un centro comercial a las afueras de Lancaster. Con el fin de contener la epidemia, se sacrificaron 17 millones de aves desde Pensilvania hasta Virginia.

Kawaoka era un joven investigador japonés que había empezado a trabajar en el Hospital de Investigación Pediátrica San Judas, en Memphis. Su jefe, el virólogo Robert Webster, defendía una teoría: los virus de la gripe humana se originaban en poblaciones avícolas, circulaban de forma inofensiva entre los patos y los gansos y, de vez en cuando, una cepa adquiría la capacidad de sobrevivir en las vías respiratorias superiores de los humanos. Afirmaba que, para combatir la gripe humana, había que comprender primero la gripe aviar. En noviembre, cuando Webster se enteró de la gravedad del brote, lo dejó todo y se dirigió a la zona afectada.

Kawaoka se quedó y siguió el desarrollo de la crisis desde detrás de la cabina de seguridad biológica del laboratorio de biocontención del hospital de Memphis. De las muestras que le enviaron desde el terreno extrajo el virus y lo cultivó. Con él infectó gallinas que introdujo en jaulas alineadas en la pared y esperó a ver qué sucedía. Los resultados le llenaron de preocupación: todas las gallinas habían perecido (la tasa de mortalidad era del cien por cien). Al realizarles la autopsia descubrió que el virus era un patógeno despiadado que afectaba a casi todos los órganos, de modo semejante a como actuaban determinadas cepas del virus del Ébola en los humanos.

En los meses que siguieron a la crisis, Kawaoka se preguntaba por qué en abril la cepa del virus había sido tan leve y en noviembre se había vuelto tan letal. Decidió comparar ambas cepas. Observó que la diferencia se debía a unos pequeños cambios experimentados por el virus. «Ello significaba que se había formado un virus muy patógeno a partir de una sola mutación», me comentó Kawaoka en una entrevista en 2010. Es decir, había numerosas posibilidades de que aparecieran virus de la gripe extremadamente patógenos, en especial en las aves.

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