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Amigo de las invasoras

Muchas especies invasoras no suponen una amenaza tan grande como algunos creen, según el ecólogo Mark Davis.

Muchas especies invasoras no suponen una amenaza tan grande como algunos creen, según el ecólogo Mark Davis (fotografía). [Amy Eckert]

En síntesis

La migración de plantas, animales y otras especies fuera de su hábitat natural representa un riesgo al que algunos ecólogos han dado excesiva importancia, afirma un científico que antaño condenaba dichas amenazas.

Mark Davis, del Macalester College, opina que las especies invasoras solo deben despertar preocupación cuando generan una amenaza directa para la salud o el bienestar económico. Las extinciones provocadas por especies invasoras siguen siendo poco habituales. Las especies alóctonas no suelen terminar con las plantas y animales de la región que colonizan.

Los ambientes restringidos, como las islas, representan la única situación en que las especies alóctonas causan con frecuencia la desaparición de las poblaciones autóctonas.

Davis afirma que simplemente debemos aceptar la realidad de la movilidad de las especies.

El ecólogo vegetal Mark A. Davis no participará en la «redada de espinos cervales» de este año en su barrio de St. Paul, Minnesota. No seguirá los pasos de los intrépidos cruzados dispuestos a erradicar el espino cerval común (Rhamnus catharticus) y el arraclán (Frangula alnus), dos arbustos ornamentales importados de Europa durante el siglo XIX. Estas plantas alóctonas (no nativas) han invadido algunos de los bosques, praderas y humedales del Medio Oeste americano. Ello empuja a voluntarios ecologistas a arrancar con ahínco las malas hierbas jóvenes, cortar los tallos gruesos y empapar de herbicidas los tocones que quedan. Su esperanza: que Minnesota recupere su estado primigenio.

En cierta época, Davis respaldaba también la erradicación de esas plantas «invasoras». Incluso propuso que se plantaran solo especies autóctonas (nativas) de Minnesota en el campus del Macalester College donde imparte clases. Su opinión cambió en 1994, cuando leyó un ensayo del periodista Michael Pollan en el New York Times Magazine que le sublevó. Montó en cólera cuando Pollan afirmaba que «retrasar el reloj ecológico hasta 1492 representa una empresa descabellada, fútil y, para colmo, sin sentido».

Una vez que Davis se hubo calmado, empezó a pensar detenidamente en el problema. De manera gradual, reconsideró sus premisas y desarrolló una posición más matizada sobre la amenaza de las especies no nativas. De acuerdo con esta nueva consideración, denominó a las alóctonas benignas HACE, de «Hemos de Aprender a Convivir con Ellas», lo que enfureció a algunos colegas. Tanto aquí como en su libro Invasion biology (Oxford University Press, 2009) argumenta que el tema necesita menos emoción y más ciencia.

Usted ha intentado adoptar una postura escéptica en el debate sobre el impacto de las especies introducidas. Según su opinión, ¿qué hace que determinadas especies resulten problemáticas?

Davis: Una especie constituye un problema cuando los humanos la definimos como tal. Los organismos solo son organismos. No poseen ni moralidad ni ética; únicamente se limitan a vivir. La declaración de «bueno» o «malo» procede de los humanos. El dilema se presenta cuando las especies no suponen una amenaza para la salud, no causan ningún coste económico importante, pero se alega que ejercen un efecto ecológico indeseable. Y aquí considero muy importante poner en tela de juicio nuestras afirmaciones. Reflexionemos: ¿existe un daño, o simplemente un cambio, cuando determinadas especies nativas disminuyen su presencia? Considero socialmente irresponsable calificar de perjuicios esos cambios. Una vez declaramos la existencia de un daño o de una invasión, la sociedad se ve obligada a reducir o mitigar el mal, lo que requiere invertir recursos ya de por sí escasos. No veo justificable la utilización de recursos sociales para sostener proyectos que a menudo son poco más que afirmaciones de preferencia personal.

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