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Malas hierbas resistentes

Varias especies de malezas eluden las técnicas avanzadas que intentan impedir su proliferación en los cultivos de todo el mundo.

Regreso al pasado: Una cuadrilla de jornaleros en una granja de Arkansas debe recurrir a la antigua práctica de arrancar con la azada las malas hierbas que se han vuelto resistentes al glifosato, el principio activo del herbicida Roundup. [BRAD LUTTRELL]

En síntesis

Los herbicidas químicos mantienen a raya la naturaleza solo algún tiempo, ya que en última instancia las malas hierbas terminan por desarrollar resistencia a esos productos.

Las malezas han empezado a presentar resistencia al glifosato, el ingrediente principal del herbicida Roundup. Los cultivos de mayor importancia económica han sido modificados genéticamente para resistir la acción de este producto.

Los agrónomos deben buscar ahora nuevas estrategias para proteger las plantaciones. Mientras, algunos críticos sostienen que debe reexaminarse el empleo de la ingeniería genética.

La segunda semana de noviembre, el centro de Indiana se convierte en un mosaico de colores tostados y negros: aquí un campo cubierto de rastrojo de maíz y plantas de soja; un poco más allá, la tierra desnuda, donde el agricultor ha enterrado los residuos de la cosecha del verano anterior. El suelo se halla preparado para el cultivo, y aun así, si nos acercamos podemos distinguir algunos brotes de malas hierbas crecidas en otoño: pamplinas, hierba cana y ortigas de color púrpura. En un invernadero del campus de la Universidad de Purdue (Indiana), Chad Brabham, estudiante de postgrado especializado en malherbología, selecciona dos tiestos, cada uno con una planta de medio metro de altura, con hojas trilobuladas serradas que emergen de un tallo grueso. Se trata de una especie que crece con frecuencia en los terrenos baldíos o junto a las carreteras de Norteamérica. Ambrosia trifida, la ambrosía gigante, es una mala hierba de aspecto desagradable, igual que su prima A. artemisifolia, la ambrosía común, una planta que succiona gran cantidad de agua y produce polen alergénico.

Durante unos cincuenta años, esas plantas se han mantenido a raya gracias sobre todo al empleo de herbicidas químicos. Uno de los más utilizados ha sido el glifosato, el principio activo de algunos productos para erradicar malezas, como el Roundup de Monsanto. Brabham coloca las dos macetas en una cámara de pulverización y llena un pequeño depósito con una solución de la sal potásica de glifosato. Un cabezal aspersor deslizante atraviesa la cámara de extremo a extremo y empapa las hojas de color gris verdoso con una dosis que debería ser letal. Brabham retira las macetas y las devuelve a la mesa de cultivo. Lo que les suceda a estas malas hierbas en las próximas 24 horas reflejará, en un microcosmos, aquello a lo que los agricultores del medio oeste de EE.UU. se enfrentan esta temporada.

Por los problemas secundarios que lleva asociados, el glifosato despierta una enorme inquietud. «Yo no usaría la palabra 'catástrofe', pero hay quien afirma que podría ser lo peor para los cultivadores de algodón desde la plaga del picudo del algodón.» Así se manifiesta Doug Gurian-Sherman, fitopatólogo y científico senior de la Unión de Científicos Preocupados, cuando habla sobre la propagación de malas hierbas resistentes al glifosato, también conocidas como «malas hierbas superresistentes» o «supermalezas». En el último decenio, su área de distribución en EE.UU. ha aumentado desde la presencia ocasional hasta ocupar unos cuatro millones de hectáreas. Esa extensión todavía representa una pequeña parte de los casi 162 millones de hectáreas de la superficie agrícola del país, pero se ha quintuplicado desde 2007.

«Es un salto enorme en la dispersión de esas plantas, y no creo que nadie lo esperase», comenta David Mortensen, especialista en malherbología de la Universidad estatal de Pennsylvania. El pasado verano se celebró una audiencia del Congreso convocada por el miembro de la Cámara de representantes Dennis J. Kucinich, de Ohio, para que el Departamento de Agricultura de EE.UU. investigase la regulación de las semillas transgénicas. Kucinich afirmó que había razones para creer que la tendencia continuaría. Si las plantas resistentes se propagan sin control, nos hallaremos ante una catástrofe que ya se había previsto y que, por tanto, podría haberse evitado.

Como las bacterias resistentes a los antibióticos, que hacen temer lo peor a los especialistas en enfermedades infecciosas, se trata de un problema creado por nosotros mismos, un recordatorio de la futilidad del intento de escapar de la evolución. Y un aumento de las malas hierbas resulta indeseable en un mundo que puede toparse con límites técnicos en la producción de alimentos.

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Otras medidas para controlar las malas hierbas

    • Jordi Izquierdo

Aunque el riesgo de aparición de resistencias en Europa resulta menor que en otras zonas, convendría evitar la dependencia exclusiva de los herbicidas.

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