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1 de Mayo de 2008
Psicología

Deporte de competición

¿Cómo puede un joven deportista con talento madurar y convertirse en un profesional? La clave se esconde en una absoluta confianza en sí mismo y en el ejercicio constante.

GEHIRN & GEIST / MARTIN ROSPEK

Cuando Adrian, Felix y Tobias sueñan, su fantasía no vuela demasiado lejos. A estos jóvenes aspirantes a futbolista les basta con apoyarse, cualquier tarde de sábado, sobre el alféizar de la ventana del pasillo de su internado, que da al campo del Werder Bremen, e imaginarse protagonistas del partido, aclamados por los 40.000 aficionados que llenan las gradas.

Para los jóvenes de la cantera del Werder Bremen no existen problemas de motivación. Adrian, Felix y Tobias tienen entre 17 y 18 años y viven en el internado Wilhelm-Scharnow, emplazado en el gol este del estadio Weser por encima de los palcos reservados a las empresas. Las habitaciones individuales y dobles dan cabida a 20 jóvenes.

Cuando las promesas visitan el museo del club situado junto a la residencia, abierta en 1978, se encuentran de entrada con las huellas de quienes han forjado la historia del club: el entrenador Thomas Schaaf y los goleadores Milton y Rudi Völler. Sus pisadas son como icnitas archivadas en cemento. Para dejar también su rastro, los jóvenes invierten nada menos que su juventud. Durante los últimos años de bachillerato, previos al ingreso en la universidad, mientras sus compañeros de clase se divierten los fines de semana, ellos deben seguir un estricto horario donde todo está planificado: clase, deberes, entrenamiento diario, momento de acostarse (a las 23 horas) y de levantarse (a las seis y media). En el instituto rinden por igual que sus compañeros sin tales obligaciones deportivas. Abandonan todos el internado con la prueba de selectividad aprobada; pueden, pues, seguir en el centro aun cuando fracasen en sus expectativas deportivas. Pero todos han entrado allí con una misma meta: ser un profesional de elite. Pero, ¿qué ocurre si eso finalmente no puede ser?

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