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1 de Agosto de 2014
Microbiología

Genética de la resistencia microbiana

Cartografiar el intercambio de genes entre las bacterias inocuas y las patógenas abre nuevos caminos en la lucha contra las cepas resistentes a los antibióticos.

SCIENCE SOURCE

En síntesis

Desde el descubrimiento y empleo a gran escala de los antibióticos, numerosos patógenos a los que se había considerado vencidos no han cesado de desarrollar resistencia a estos medicamentos.

Para averiguar cómo logran sobrevivir las bacterias ante los antibióticos, los investigadores estudian el resistoma, el conjunto de genes que transforma un patógeno vulnerable en resistente.

El estudio del resistoma del organismo humano y de otros entornos naturales demuestra que se había infravalorado la cantidad de genes de resistencia. El intercambio frecuente de estos entre distintas especies y ambientes ha favorecido la difusión de la resistencia.

Este conocimiento ofrece una base más sólida a la hora de plantear nuevas estrategias contra las enfermedades infecciosas que se han vuelto intratables.

No mucho tiempo atrás parecía que la victoria sobre las enfermedades infecciosas estuviera cantada. El descubrimiento de la penicilina en 1929 dio a los médicos la primera arma para vencer males corrientes como la neumonía, la gonorrea y la fiebre reumática. Y durante las décadas siguientes se hallaron más de 150 tipos de antibióticos. Los nuevos fármacos demostraron tal eficacia que en 1967 el Consejero de Sanidad de EE.UU., William Stewart, anunció que había llegado el momento de cerrar el capítulo de las enfermedades infecciosas.

Stewart y la mayoría de sus coetáneos subestimaron gravemente la capacidad de adaptación de las bacterias patógenas a esos medicamentos proverbiales. Y es que, casi desde el mismo momento en que la penicilina comenzó a emplearse en los hospitales en 1946, surgieron las primeras bacterias resistentes. En la época dorada del descubrimiento de los antibióticos, entre 1940 y finales de los años sesenta, la propagación de la resistencia quedó compensada por la incesante aparición y difusión de nuevos tipos de antimicrobianos; pero en los años setenta, el creciente desinterés, aunado con la menor capacidad de la industria farmacéutica para sintetizar nuevos compuestos, condujo a cuatro largas décadas en las que ningún nuevo antibiótico de amplio espectro vio la luz. Los laboratorios prefirieron invertir sus esfuerzos en modificar la estructura química de las clases de antibióticos autorizadas.

Pero durante esa crisis de innovación, las bacterias no cesaron de mutar y los fármacos que en otro tiempo habían combatido múltiples patógenos acabaron arrinconados por su ineficacia. Algunas cepas de bacterias, como Escherichia coli y Klebsiella pneumoniae, muestran hoy resistencia a los principales tipos de antibióticos, incluso a los carbapenémicos, que durante mucho tiempo fueron el último recurso contra las infecciones pulmonares, entre otras. Con cada vez menos opciones, la mortalidad por esas dolencias ronda ya el 50 por ciento en Estados Unidos. En ciertas enfermedades, vivimos hoy una situación nunca vista desde la difusión de los antibióticos.

Un informe publicado en septiembre de 2013 por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE.UU. afirma que el tratamiento de las infecciones resistentes a los antibióticos acarrea un coste anual de 35.000 millones de dólares y 8 millones de días de hospitalización para el país. Un reciente brote de Salmonella resistente que contaminó carne de pollo produjo cerca de 300 intoxicaciones en 18 estados, con bebés y nonagenarios afectados por igual. En EE.UU. fallecen cada año al menos 23.000 personas a causa de las infecciones, muchas provocadas por Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), porque se han agotado los antibióticos eficaces contra ellas.

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