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1 de Agosto de 2006
Vulcanología

Supervolcanes

Cristales microscópicos de ceniza volcánica informan de las erupciones más devastadoras.

JULIA GREEN

En síntesis

Análisis recientes de la composición de cristales minúsculos, insertos en los depósitos de ceniza procedentes de erupciones prehistóricas, ponen en cuestión los supuestos admitidos sobre el comportamiento de los supervolcanes y sus repercusiones.

Según el curso que tomen los procesos internos de las cámaras de magma que alimentan a los supervolcanes, así será el carácter de futuras erupciones.

El invierno volcánico que sufriría el planeta tras una supererupción sería probablemente más corto de lo que se pensaba; en cambio, las reacciones químicas de la atmósfera quizá resultarían mucho más peligrosas.

Bajo la superficie de California y Wyoming acechan dos volcanes en hibernación de una furia inimaginable. En caso de entrar en erupción, cubrirían el oeste de los Estados Unidos con varios centímetros de ceniza en cuestión de horas. Entre uno y otro, lo han hecho ya como mínimo cuatro veces en los últimos dos millones de años. Supervolcanes parecidos arden bajo Indonesia y Nueva Zelanda.

Una erupción supervolcánica equivale a la fuerza devastadora de un asteroide que chocase contra la Tierra, pero ocurre diez veces más a menudo. Es uno de los desastres naturales más aniquiladores que la humanidad pueda sufrir. Aparte de la inmediata destrucción que causarían las incandescentes emanaciones de ceniza, los supervolcanes activos expulsan gases que alterarían el clima mundial durante años.

Se buscan las causas que llevan a estos gigantes a entrar en erupción. La ciencia se propone predecir cuándo explotarán de nuevo y determinar qué repercusiones tendría su erupción. Recientes análisis de cristales microscópicos de depósitos de ceniza de antiguas erupciones han apuntado algunas respuestas. Súmese el progreso de técnicas que permiten vigilar los lugares de riesgo y avalan la posibilidad de discernir señales de alerta antes de una gran erupción. Los trabajos en marcha dan, sin embargo, a entender que las emisiones del supervolcán provocarían, durante los meses posteriores, reacciones químicas en la atmósfera más peligrosas de lo que se había sospechado hasta el momento.

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