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  • Noviembre 2015Nº 470

Física teórica

La búsqueda de la teoría final

Una nueva generación de físicos espera tener éxito allí donde Einstein fracasó.

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El instrumento con el que Leslie Rosenberg intenta comprender el universo parece una improvisada caldera doméstica cubierta con cables y embutida en un gran frigorífico subterráneo. El experimento, alojado en un laboratorio adyacente a la Universidad de Washington, consta de una cámara de vacío superenfriada y equipada con un detector de axiones, una clase de partículas que, por el momento, siguen siendo cien por cien hipotéticas.

Rosenberg lleva tras ellas desde principios de los noventa, cuando era un investigador posdoctoral en la Universidad de Chicago. En todo este tiempo ha trabajado en un experimento tras otro, alcanzando una precisión cada vez mayor, pero siempre con el mismo resultado negativo. Con todo, no ceja en su empeño por lograr una detección que, a la postre, podría contribuir a rescatar la mayor —y más malhadada— idea de Albert Einstein.

Llamada teoría del campo unificado, la idea es hoy popularmente conocida con el evocador nombre de «teoría del todo»: una formulación unitaria que abarque todas las interacciones fundamentales. Einstein comenzó esa búsqueda hace nueve décadas. Al gran teórico le incomodaba que las dos fuerzas que gobernaban el universo, la gravedad y el electromagnetismo, pareciesen seguir reglas distintas. Quería demostrar que toda la materia y la energía se regían por los mismos principios [véase «Sobre la teoría generalizada de la gravitación», por Albert Einstein, en este mismo número].

Condensar el universo en una sola ecuación era un proyecto tremendamente ambicioso incluso para Einstein. En 1920, en una carta muy citada a un estudiante de física alemán, el investigador escribió: «Deseo saber cómo Dios creó este mundo. No me interesan este o aquel fenómeno, el espectro de tal o cual elemento. Quiero conocer sus pensamientos. Lo demás son detalles».

Einstein persiguió sin éxito los pensamientos de Dios durante tres décadas, recorriendo un callejón sin salida tras otro. Cuando murió, en 1955, dejó escritas en su pizarra una serie de ecuaciones sin resolver sobre el campo unificado.

La tarea de la unificación quedó en manos de las siguientes generaciones de físicos, quienes acabarían dividiendo el problema en múltiples partes. Lo que empezó como la gran visión de un genio se transformó en una tarea lenta y agotadora llevada a cabo por varios grupos de investigadores, cada uno centrado en una pequeña pieza de un gigantesco rompecabezas cósmico. Rosenberg no se obsesiona con la teoría del todo. Sus esfuerzos se concentran en un problema específico: el axión. En caso de existir, esta partícula podría evitar la necesidad de modificar las ecuaciones de la gravedad de Einstein. «Veremos qué dicen los datos», aclara Rosenberg. «No me interesa leer la mente de Dios.»

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