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  • Noviembre 2015Nº 470
De cerca

Ecología

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La epidermis terrestre quemada

Conocer la fragilidad del suelo tras un incendio resulta fundamental para poder contribuir a su recuperación.

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El fuego forma parte del ciclo natural de la mayoría de los ecosistemas. Sin embargo, los humanos hemos modificado los montes y sus usos y, con ello, hemos alterado el régimen natural de los incendios, esto es, la frecuencia y la intensidad con las que se producen [véase «Fuego y evolución en el Mediterráneo», por Juli G. Pausas; Investigación y Ciencia, agosto de 2010].

Los científicos llevamos décadas estudiando las alteraciones que provocan los incendios en el suelo y sabemos que son muchos los factores que influyen en su recuperación, como el tipo de suelo quemado, las temperaturas alcanzadas en la superficie o las condiciones meteorológicas posteriores a la perturbación.

Hoy en día conocemos el modo en que las características físicas, químicas y microbiológicas del suelo se ven afectadas por el fuego y disponemos de indicadores que nos informan sobre su salud y grado de recuperación. Una propiedad de especial relevancia en los ambientes mediterráneos secos es la repelencia del suelo al agua. Esta se define como la afinidad que presenta el suelo por el agua y depende de la presencia de compuestos orgánicos hidrofóbicos, los cuales suelen aumentar por el efecto de las altas temperaturas. La estabilidad de los agregados (grupos de partículas minerales y orgánicas), el contenido de materia orgánica o la biomasa microbiana, la glomalina (una sustancia cementadora producida por hongos micorrícicos), constituyen otros parámetros de enorme interés para valorar el estado del suelo.

Como si de un enfermo se tratase, debemos hacer un diagnóstico para decidir si es necesario ayudar al suelo a recuperarse o es mejor dejarlo descansar hasta que sus heridas cicatricen. Pero desde que se produce el incendio hasta que empieza a regenerarse la cubierta vegetal, hay un período de tiempo en el que el suelo es un sistema frágil y propenso a la degradación, por lo que deberemos prestarle especial atención e intentar evitar ciertas actuaciones (como la retirada de troncos quemados) que podrían resultar incluso más dañinas que el propio fuego.

La mayor parte de las zonas incendiadas no requerirán una actuación posterior, pero otras, especialmente las afectadas por incendios de alta intensidad, sí necesitarán nuestra ayuda. Y la primera mirada deberemos dirigirla al suelo, que tendremos que proteger si no queremos que el ecosistema se vea afectado en su conjunto. Nuestro grupo centra precisamente sus investigaciones en los efectos del fuego en el suelo y las repercusiones de diferentes medidas de gestión después de la perturbación.

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