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1 de Abril de 2017
Evolución

La paradoja del ejercicio físico

El estudio del modo en que nuestro organismo quema las calorías ayuda a explicar por qué la actividad física sirve de poco para adelgazar y cómo nuestra especie adquirió algunos de los rasgos evolutivos más distintivos.

BOMBOLAND

En síntesis

Una hipótesis arraigada sostiene que las personas activas consumen más calorías que las sedentarias.

Pero diversos estudios revelan que los cazadores-recolectores tradicionales, cuya vida cotidiana es físicamente agotadora, queman el mismo número de calorías que las personas que disfrutan de las comodidades modernas.

El descubrimiento de que el gasto energético humano se halla muy restringido plantea incógnitas sobre el modo en que pudo surgir nuestro cerebro voluminoso y otros rasgos de elevado coste energético.

Las comparaciones con el gasto energético de los grandes simios indican que el metabolismo humano ha ganado en rendimiento con el fin de sustentar nuestros costosos atributos.

Ni rastro. Llevábamos medio día tras las huellas de una jirafa herida a la que Mwasad, un indígena bien entrado en los treinta, había disparado la víspera. Desde una veintena de metros la había alcanzado en la base del cuello con una flecha de punta metálica untada con un potente veneno casero. Miembro de la tribu de cazadores-recolectores de los hadza, habitantes de la sabana árida del norte de Tanzania, Mwasad y los suyos conocen el entorno y sus moradores mucho mejor que usted el supermercado de la esquina. Dejó que la jirafa huyera para que la ponzoña surtiera efecto, con la esperanza de hallarla muerta a la mañana siguiente. Una presa de esa talla alimentaría a su familia y a todo el poblado durante una semana, siempre que lograra dar con ella.

Mwasad encabezaba la partida de caza que al alba salió del campamento; le acompañábamos Dave Raichlen, de la Universidad de Arizona, un mozalbete de 12 años llamado Neje y quien escribe. Dave y yo seríamos de poca ayuda en la tarea. Nos había invitado como gesto de amistad y por contar con cuatro brazos más para acarrear la presa despedazada hasta el campamento si la batida culminaba con éxito. Como antropólogos vivamente interesados en la ecología y la evolución humanas, no lo pensamos dos veces ante la oportunidad que se nos brindaba; no en vano las dotes de rastreo de los hadza son legendarias. Sin duda era mejor que la perspectiva de pasar la larga jornada trasteando con el equipamiento científico en el campamento.

Caminamos a marchas forzadas durante una hora entre un mar de hierba dorada y alta hasta la cintura, salpicado aquí y allá por matorrales y acacias espinosas, derechos hacia la mancha de sangre dejada por la jirafa. Recorrer ese tramo era ya una soberbia muestra de orientación, como si alguien le condujera a uno hasta la mitad de un trigal de 400 hectáreas para mostrarle el lugar donde había tirado un mondadientes y, con toda naturalidad, se agachara para recogerlo. Bajo un sol inclemente, las horas se fueron desgranando en pos de la presa herida, mientras seguíamos pistas aún más sutiles.

Ni rastro de la jirafa aún. Al menos me quedaba agua. Recién pasado el mediodía, nos sentamos a la sombra de unos arbustos para descansar mientras Mwasad rumiaba hacia adónde podía haber ido la pieza herida. Me quedaba todavía un litro, más o menos; lo bastante, supuse, para soportar el calor de la tarde. En cambio, Mwasad no llevaba agua consigo, como es costumbre entre los suyos. Cuando rehicimos la mochila para reanudar la marcha, le ofrecí un trago. Me miró de zaino, sonrió y la apuró de una larga sentada. Al acabar, como si nada, me devolvió la botella vacía.

Me lo merecía. Dave y yo, junto con Brian Wood, antropólogo de la Universidad Yale, habíamos convivido todo el mes con los hadza para llevar a término las primeras mediciones directas del gasto energético diario en una tribu de cazadores-recolectores. Logramos convencer a un par de docenas de hombres y mujeres de la tribu, entre ellos a Mwasad, para que bebieran pequeñas pero exorbitantemente caras botellas de agua enriquecida con dos isótopos raros: deuterio y oxígeno 18. Analizando la concentración de ambos isótopos en las muestras de orina de los participantes podríamos calcular su tasa diaria de producción de dióxido de carbono y deducir de ella su gasto diario de energía. Este proceder, llamado método del agua con marcaje doble, es la prueba de referencia en salud pública para medir las calorías consumidas en las actividades cotidianas. El método es sencillo, totalmente seguro y preciso, pero requiere que los probandos beban hasta la última gota de agua enriquecida. Nos costó horrores hacerles entender que no podían derramarla y que tenían que apurar la dosis por completo. Sin duda Mwasad estaba aplicando la lección a rajatabla.

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